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Tesoro Abundante Online

Do you consent to us storing and using your personal information to get back in touch with you after filling out from this form. Tesoro de los Andes Malbec Bonarda £ 9.

Tesoro de los Andes Malbec Bonarda quantity. SKU: PC-AVE Category: Red Wine Tags: Argentina , Bonarda , Malbec , Mendoza Share on:. Description ABV TASTING NOTE Delightful expression of huge brambly Malbec.

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Close GDPR Cookie Settings. Powered by Premier Cru Fine Wine GDPR Cookie Compliance. Uno, que venía aún detrás de todos, era el muchacho que había ido de la aldea en busca del Doctor Livesey; los demás eran aduaneros ó guardas fiscales que aquél había encontrado en su camino y con los cuales se había entendido para regresar sin pérdida de tiempo.

La noticia de aquella extraña barca de vela cuadrada surta en la Caleta del Gato, había llegado hasta el Inspector Dance que, á consecuencia de ella, había resuelto hacer una excursión aquella noche en dirección de nuestras playas, circunstancia, sin la cual, es seguro que mi madre y yo habríamos perdido la vida.

En cuanto á Pew, estaba muerto y muy bien muerto. Por lo que hace á mi madre, á quien condujimos á la aldea, algunas lociones de agua fría y algunas sales que le hicimos aspirar le volvieron por completo el conocimiento y aunque no quedó enteramente exhausta de ánimo por sus terrores, sinembargo aún continuaba deplorando el resto del dinero que no quiso tomar.

En el interín, el Inspector apresuró su marcha, tanto cuanto pudo, en dirección de la Caleta del Gato; pero sus guardas tenían que desmontar y que ir marchando á tientas por las escabrosidades de la cañada, llevando del diestro á los caballos, algunas veces conteniéndolos y constantemente con el temor de una emboscada, por lo mismo no fué cosa de sorprenderse el que, cuando llegaron al lugar en que sabían que la barca estaba fondeada, ésta se hubiera hecho ya á la mar, si bien estaba aún á cortísima distancia de la playa.

Todavía la voz del Inspector pudo llegar hasta los fugitivos, uno de los cuales le gritó que se quitase de la luz de la luna porque podría ir á saludarle un poco de plomo. No acababa de apagarse el eco de esta intimación cuando silbó una bala de mosquete casi rozando el brazo de Dance y acto continuo la embarcación dobló la punta de la caleta y desapareció.

Solamente me alegro mucho de que hayamos trillado al paso á Maese Pew, que de no ser así ya hubiera recibido, á estas horas, noticias mías. El reloj, con su gran caja de madera, había sido arrojado al suelo por aquellos bárbaros en su desesperada cacería emprendida para buscarnos á mi madre y á mí, y aun cuando es cierto que nada se habían llevado á excepción del talego de dinero del Capitán y algunas monedas de plata de nuestra gaveta, pude hacerme cargo, desde la primera ojeada que dí, de que estábamos arruinados.

El Inspector Dance no podía hacer nada en aquel caos. entonces ¿qué fortuna era la que buscaban aquí? me parece muy bueno, dijo. Yo me lo llevaré si tú quieres. me interrumpió él en muy plausible tono; tu idea es immejorable; él es todo un caballero y todo un magistrado. Y ahora que pienso en ello, yo también debo ir allá y dar cuenta, ya sea á él, ya al Caballero Trelawney, de la muerte de ese Maese Pew, que ya no tiene remedio.

Y no es que yo la deplore, nó; sino que las gentes poco benévolas podrían querer acriminar por ella á un oficial del fisco de Su Majestad, si acriminación cupiere en este caso. Ahora, pues, Hawkins, si tú quieres, puedo llevarte conmigo.

Le dí cordialmente las gracias por su ofrecimiento y nos fuimos á pie otra vez á la aldea en donde estaban los caballos. Mientras fuí á avisar á mi madre lo que iba yo á hacer ya las cabalgaduras estaban ensilladas. Dance, tú llevas allí un buen caballo, ponte á este chiquillo en ancas.

No bien hube yo montado y asídome al cinturón de Dogger, el Inspector dió la señal de partida y toda la caravana se puso en movimiento saliendo al camino, á un trote bastante vivo, y cruzando el puente que nos sirvió de escondite, rumbo á la casa del Doctor Livesey. C AMINAMOS bastante de prisa hasta que por fin nos detuvimos á la puerta del Doctor Livesey.

La casa estaba enteramente oscura en el exterior. El Inspector Dance me dijo que me apeara y llamase á la puerta y Dogger me dió uno de sus estribos para que bajara por él. La puerta se abrió casi inmediatemente y apareció la criada.

Por esta vez, como la distancia que había que recorrer era muy corta, ya no volví á montar, sino que marché teniéndome á la correa del estribo de Dogger hasta el pabellón del conserje, y de allí arriba por la larga y desnuda avenida, alumbrada á aquella hora por el resplandor de la luna, y á cuyo término se veía, de uno y otro lado, en medio de viejos jardines, la blanca silueta del grupo de edificios que forman la Universidad.

Aquí el Inspector Dance desmontó, y llevándome consigo, obtuvo el permiso de pasar al interior del establecimiento para un pequeño asunto. El criado nos condujo á un pasillo esterado á cuyo extremo nos mostró la gran biblioteca, toda forrada de inmensos estantes, coronados de bustos de sabios de todas las edades.

Allí encontramos al Caballero Trelawney y al Doctor Livesey, charlando animadamente, puro en mano, á los lados de un fuego alegre y brillante. Hasta aquella noche no había yo tenido ocasión de ver de cerca al Caballero Trelawney.

Era un hombre alto, de más de seis pies de estatura y de anchura proporcionada, con un rostro agreste, áspero y encarnado que sus largos viajes habían puesto así, como forrado por una máscara. Sus pupilas eran muy negras y se movían con gran vivacidad, lo cual le daba la apariencia de poseer un temperamento, no diré malo, pero sí violento y altivo.

Y buenas noches, tú también, amigo Jim, ¿qué buenos vientos traen á Vds. por acá? El Inspector quedóse de pie, derecho y tieso como un veterano, y contó lo acaecido como un estudiante que recita su lección. Era de verse cómo aquellos dos caballeros se acercaban insensiblemente, y qué miradas se dirijían el uno al otro, embargándoles la sorpresa de tal modo que hasta se olvidaron por completo de fumar sus puros.

Cuando se les refirió cómo mi madre había vuelto sola conmigo á la posada, el Doctor se dió una buena palmada en el muslo y el Caballero Trelawney exclamó:. y en su entusiasmo arrojó su excelente puro á la chimenea. Mucho antes de que lo hiciera se había ya puesto de pie, y medía á pasos agitados la habitación, en tanto que el Doctor, como si esto le ayudara á oir mejor, se había arrancado la empolvada peluca y se nos exhibía allí, haciendo una figura extrañísima, con su propio pelo negro, cortado á peine, como se dice en términos de barbería.

Dance, dijo el Caballero, es Vd. un hombre de muy noble corazón. En cuanto al hecho de haber atropellado á aquel perverso lo considero, señor mío, como un acto meritorio, tal como el pisar sobre una alimaña venenosa.

Vamos, chicuelo, ¿quieres hacer el favor de tirar el cordón de esa campanilla? Es preciso que obsequiemos al Sr. Inspector con un buen vaso de cerveza. interrogó el Doctor. El Doctor lo tomó y le dió vueltas y más vueltas, como si sus dedos danzaran con la impaciencia nerviosa de abrir aquello; pero en vez de hacerlo así, depositó el paquete tranquilamente en su bolsillo.

Dance haya tomado su cerveza, tiene, por fuerza, que salir de nuevo al servicio de Su Magestad; pero en cuanto á Jim, me propongo hacerlo que se quede esta noche á dormir en mi casa, así es que con su permiso, propondría yo que le mandáramos dar una buena tajada de pastel frío para que cene.

quiera, Livesey, dijo el Caballero, Hawkins se ha hecho acreedor á algo mucho mejor que un pastel frío. Dicho esto, me trajeron y colocaron en una mesita lateral un grande y apetitoso pastel de pichón, con el cual me despaché concienzudamente y muy á mi sabor, porque la verdad es que tenía yo tanta hambre como un halcón.

En el interín, el Sr. Dance recibía nuevos cumplidos, tomaba su cerveza y concluía, al fin, por despedirse. Cada cosa á su tiempo, como lo reza un adagio, dijo el Doctor riendo; ¿Vd. ha oído hablar de ese Flint, á lo que creo?

exclamó el Caballero, oído hablar de él! Pues si ha sido el más sanguinario filibustero que jamás ha cruzado el océano. Barba-roja era un niño de pecho junto á él.

Los españoles le tenían un miedo tan horrible que, debo decirlo con franqueza, me sentía yo orgulloso de que Flint fuese un inglés.

Yo he visto, con mis propios ojos, las gavias de su navío, á la altura de la Trinidad , y el gallinazo hijo de borrachín con quien yo me había embarcado, hizo proa atrás, refugiándose á toda prisa en Puerto-España.

exclamó el Caballero Trelawney, ¡ha oído Vd. LOS PAPELES DEL CAPITÁN. está tan extraordinariamente excitado y declamador que no acierto á sacar en limpio nada de lo que deseo.

Lo que yo quiero saber es esto: suponiendo que tengo yo en mi bolsa, aquí, la llave para descubrir el punto en que Flint ha sepultado su tesoro, ¿el tal tesoro será algo que valga la pena?

Valdrá nada menos que esto: si tenemos esa clave que Vd. sospecha, yo fletaré un buque en Brístol y llevaré conmigo á Vd. y á Hawkins, y crea que desenterraré el tal tesoro aunque deba buscar un año entero. El lío estaba cosido, así fué que el Doctor tuvo que sacar de su estuche unas tijeras y cortar las hebras que lo aseguraban.

Dos cosas aparecieron: un cuaderno y un papel sellado. En la primera página no había más que algunos rasgos de manuscrito, como los que un hombre, con una pluma en la mano, puede hacer por vía de práctica ó de entretenimiento.

No pude prescindir de que se excitara mi curiosidad pensando quién sería el que lo hubo y qué fué lo que hubo. Lo mismo podía tratarse de una buena estocada en la espalda que de otra cosa cualquiera.

Las diez ó doce páginas siguientes estaban llenas con una curiosa serie de entradas. En la extremidad de cada una de las líneas se veía una fecha, y en la otra una suma de dinero, como en los libros de cuentas comunes y corrientes; pero en vez de palabras explicativas, sólo se encontraba un número variable de cruces entre una y otra.

En la fecha marcada 12 de Junio de , por ejemplo, se veía claramente que la cantidad de setenta libras esterlinas se debía á alguno, y no se veían sino seis cruces para explicar la causa ú origen de la deuda.

Esas cruces ocupan allí el lugar de los nombres de buques y aldeas que él echó á pique ó entró á saqueo. Las sumas no son más que la parte que en cada hazaña de esas tocó á nuestro escorpión, y en donde tenía algún error ya ve Vd. colegir por esta inscripción que algún desdichado buque fué tomado al abordaje á la altura de las costas mencionadas.

Vea Vd. de lo que sirve ser uno viajero; es verdad. Y el monto aumenta á medida que él asciende en categoría. Muy poco más había en el libro, excepto determinaciones geográficas de algunos lugares anotados en las hojas en blanco hacia el fin del cuaderno, y una tabla para la reducción de monedas francesas, inglesas y españolas á un valor común.

exclamó el Doctor; no era á él á quien podían hacérsele trampas, de seguro. El papel cuyo exámen seguía, estaba sellado en diversos puntos, habiéndose usado un dedal por vía de sello, tal vez el mismo que había yo encontrado en la bolsa del Capitán. El Doctor abrió los sellos con gran cuidado y apareció entonces el mapa de una isla, con su latitud, longitud, sondas, nombres de montañas, bahías, caletas, abras, y todos los pormenores necesarios para poder llevar un buque á anclar á salvo en sus costas.

Esto era todo; pero conciso como era, y para mí incomprensible, llenó de júbilo al Caballero y al Doctor Livesey. de Trelawney, va Vd. á abandonar en el acto su desdichada y penosa profesión. Mañana salgo para Brístol. En tres semanas en dos semanas en diez días, le aseguro á Vd.

que tendremos el mejor buque, si señor, y la más escojida tripulación que puede suministrar la Inglaterra. Hawkins vendrá con nosotros como paje de á bordo. yo sé que tú harás un famoso paje de á bordo, chico Nos llevaremos á Redruce, Joyce y Hunter.

Tendremos vientos favorables, viaje rápido, y sin la menor dificultad hallaremos el sitio indicado y en él, dinero en cantidad bastante para comer, para arrastrar carrozas y para gastar como príncipes por el resto de nuestra vida.

Pero hay un hombre, uno solo á quien yo temo. replicó el Doctor. que no tiene la fuerza necesaria para refrenar su lengua. Nosotros no somos los únicos en conocer la existencia de este documento. Esos individuos que han atacado la posada esta noche—arrojados y valientes marrulleros sin duda alguna—lo mismo que los que se habían quedado guardando la extraña barca de que nos habló Dance, todos esos, y me atreveré á afirmar que otros todavía, por angas ó por mangas, se créen con la resolución inquebrantable de apoderarse de la hucha.

Ninguno de nosotros, debe, pues, salir solo en lo de adelante hasta estar á bordo. Jim y yo andaremos juntos en el interín. llevará consigo á Joyce y á Hunter cuando salga para Brístol y del primero al último de los que aquí estamos nos debemos comprometer á no chistar palabra de lo que hemos descubierto.

siempre tiene razón: por mi parte prometo estarme mudo como una tumba. P ASÓ mucho más tiempo del que el Caballero Trelawney se imaginó al principio, antes de que estuviésemos listos para hacernos á la mar, y ninguno de nuestros planes primitivos pudo llevarse á ejecución, ni aun el de que el Doctor Livesey me tuviese siempre consigo.

El Doctor tuvo que marchar á Londres para buscar un médico que se hiciera cargo de su clientela; el Caballero se fué á Brístol en donde puso, con todo su ardor, manos á la obra en los preparativos de la expedición, y en cuanto á mí me quedé instalado en la Universidad, á cargo de Redruth el montero ó guarda-caza, casi en calidad de prisionero, pero lleno de ensueños marítimos y de las más atractivas anticipaciones imaginarias de islas extrañas y aventuras novelescas.

Me deleitaba reproduciéndome en un mapa, durante horas enteras, todos los detalles que recordaba. Algunas veces veía yo aquella isla densamente cubierta de caníbales con los cuales teníamos que batirnos; otras veces llena de bravos y salvajes animales que nos perseguían; pero la verdad es que todas las lucubraciones de mi fantasía distaron mucho de parecerse á nuestras extrañas y trágicas aventuras en aquella tierra.

á la Universidad ó si permanece todavía en Londres, envío esta por duplicado á ambos lugares. Ahora mismo está surto y listo para levar en el primer momento que se le necesite. no ha visto en su vida una goleta más esbelta ni más gallarda y velera.

Un joven cualquiera podría maniobrarla con la mayor facilidad: tiene doscientas toneladas de arquéo y su nombre es La Española.

Este incomparable amigo literalmente se ha consagrado en cuerpo y alma á mis intereses y—puedo decirlo—lo mismo han hecho en Brístol todos, en cuanto que han visto la clase de puerto á que nos dirijimos: es decir á Puerto tesoro Veo que, al fin y al cabo, el Caballero ha dejado que se deslice su lengua.

murmuró el guarda-caza. Apuesto una botella de rom á que el Caballero puede muy bien hablar sin esperar el permiso del Dr. Hay aquí en Brístol ciertos hombres monstruosamente hostiles al pobre Blandy.

Parece que andan por esas calles de Dios pregonando que mi honrado y excelente amigo no ha hecho más que una grosera especulación; que La Española era propiedad suya y que todo lo que hizo fué vendérmela á un precio absurdamente alto.

Todas esas no son más que calumnias evidentes, y lo cierto es que ninguno de sus autores se atreve á negar las excelentes cualidades de nuestra goleta. Los trabajadores, ó por mejor llamarlos, los aparejadores han andado verdaderamente á paso de tortuga.

Pero esto no era sino obra de pocos días. Lo que me preocupaba era la tripulación. Me encontré con que es un viejo marino que tiene una especie de taberna en Brístol conocida de todos los marineros; que ha perdido su salud en tierra y que recibiría con mucho agrado una plaza de cocinero á bordo, para volver al mar de nueva cuenta.

Díjome que aquella mañana andaba por allí con objeto de aspirar un poco las brisas salobres del océano. mismo se hubiera conmovido—y aunque no por mera conmiseración, le contraté sobre la marcha, para cocinero de nuestra goleta.

John Silver es su nombre y tiene una pierna menos, lo cual es á mis ojos una recomendación, puesto que la ha perdido en defensa de su patria, bajo las órdenes del inmortal Hawke. No goza de pensión alguna, Livesey dígame Vd. Entre Silver y yo hemos conseguido, en una semana, la más cumplida y característica tripulación que pudiera apetecerse; no de aspecto grato ni sonriente á la verdad, sino sujetos, á juzgar por sus caras, del más esforzado é indomable espíritu.

Me atrevo á declarar que podríamos muy bien derrotar á una fragata de guerra. Sin gran trabajo me demostró en un momento oportuno que los aludidos no eran más que unos lampazos de agua dulce que para nada nos servirían, y que antes bien nos estorbarían en un caso de apuro. La locura de las glorias marítimas se ha apoderado de mi cabeza.

Así, pues, Livesey, véngase volando: si en algo me estima Vd. no pierda ni un minuto. al jovencillo Hawkins que vaya, sin tardanza, á visitar á su madre, al cargo de mi viejo Redruth, y que ambos se vengan luego, á toda prisa, para Brístol.

Silver, por su lado, nos ha traído un hombre muy competente para piloto: su nombre es Arrow. Tengo un contramaestre que silba para la maniobra que es una gloria, así es que las cosas van á marchar, á bordo de La Española , como si hubiéramos fletado un verdadero buque de guerra.

Deja á cargo de su establecimiento á su esposa y como ésta es una mulata, podemos decirnos aquí, entre solteros como ambos somos, que me parece que no sólo es la salud sino la mujer lo que hace que Silver quiera salir otra vez á correr los mares.

Cualquiera se figurará, sin esfuerzo, la emoción que esa carta me produjo. Estaba medio fuera de mí de júbilo. Pero si hubo alguna vez hombre despechado sobre la tierra ese era ciertamente el pobre viejo Tom Redruth que no hacía ni podía hacer más que gruñir y lamentarse.

Cualquiera de los guarda-montes subordinados suyos, se habría cambiado por él con el mayor placer, pero no eran esos los deseos del Caballero, y tales deseos eran como leyes entre aquellas buenas gentes.

Nadie que no fuese el viejo Redruth se habría tomado la libertad de murmurar siquiera como á él le era permitido hacerlo. El Capitán aquel, que por tan largo tiempo había sido para nosotros causa de tanto disgusto, había ido ya al lugar en que los perversos cesan de molestar.

El Caballero había hecho reparar todos los estragos á sus expensas, y tanto los salones de la parte pública de la casa como la enseña de la posada, habían sido pintados de nuevo, habiéndose añadido algunos muebles de que antes carecíamos, entre ellos, principalmente, una muy cómoda silla de brazos para mi madre tras del mostrador.

Al mismo tiempo le había buscado un muchachuelo, como de mi edad, en calidad de aprendiz, con el cual mi madre no necesitaba de más servidumbre durante mi ausencia. Al ver á este rapaz fué cuando comprendí por completo mi verdadera situación. Hasta aquel momento me había fijado tan sólo en las aventuras que me esperaban, pero no en el hogar que dejaba tras de mí.

Así fué que, allí, en la presencia de aquel palurdo extraño, que iba á quedarse en mi lugar, al lado de mi madre, tuve irremediablemente mi primer ataque de lágrimas. Me sospecho que aquel día hice rabiar más de lo conveniente á aquel pobre chico que, siendo nuevo en el oficio, me ofreció mil oportunidades que yo aproveché para corregirle lo que hacía y para humillarlo cuanto pude.

Pasó la noche, y al día siguiente, después de la comida, Redruth y yo salimos, de nuevo á pie, por el camino real.

Una de las últimas cosas en que pensé fué en el Capitán que tan frecuentemente salía á vagar á lo largo de la playa con su sombrero volándole sobre la espalda, con su gran cuchilla colgada bajo la blusa y su enorme anteojo de larga vista bajo el brazo.

Un instante después, ya habíamos volteado tras el ángulo de las rocas, y mi hogar y sus contornos habían desaparecido. La tartana del correo nos recogió, al oscurecer, en el Royal George hacia el brezal. Se me incrustó en el coche aquel entre un viejo gordo y mi amigo Redruth, y á pesar del desapacible movimiento y del aire frío de la noche, debo haber cabeceado bonitamente desde un principio, y en seguida entregándome á un sueño de lirón, lo mismo de subida que de bajada, y estación tras de estación, porque cuando concluí por despertar, lo hice gracias á una insinuación poco amable que sentí por el costado.

Abrí entonces los ojos y me encontré con que nos acabábamos de detener frente á un grande edificio en la calle de una ciudad y que era ya perfectamente de día, desde hacía mucho tiempo.

El Sr. Trelawney había sentado sus reales en una posada cerca de los muelles, para vigilar por sí mismo los trabajos en la goleta. Para ella teníamos que enderezar nuestro rumbo inmediatamente y, con gran contentamiento mío, nuestro camino iba á lo largo de todos los muelles y, por consiguiente, al lado de una verdadera multitud de barcos de todos tamaños, de todas nacionalidades y de todos los aparejos imaginables.

En uno, los marineros cantaban alegremente mientras trabajaban: en otro se veían hombres suspensos allá muy arriba, sobre mi cabeza, asidos solamente de cuerdas que no parecían más gruesas que las hebras de una telaraña. Aunque toda mi vida la había yo pasado en la playa, me parecía que hasta entonces era cuando conocía el mar verdaderamente.

El olor penetrante del alquitrán y la sal eran para mí una novedad. Veía las más extrañas y maravillosas cabezas que jamás han cruzado sobre el océano. Veía, además, muchos viejos marinos con arracadas en las orejas y con sus patillas rizadas en bucles; y los más ostentando sus embreadas coletas sobre la espalda, y marchando todos ellos con ese paso cimbrador propio de los marineros.

Puede creérseme que si hubiera visto otros tantos reyes ó arzobispos juntos no me hubiera deleitado más de lo que lo estaba en aquellos momentos. yo mismo iba también á hacerme á la mar; iba á penetrar á una goleta con su contramaestre mandando la maniobra con su silbato, con sus marinos de trenza, cantando al compás de las ondas; y todos navegando en pos de una isla desconocida, en busca de tesoros enterrados!

Todavía iba yo gozando con este ensueño delicioso cuando de repente nos detuvimos frente á una gran posada y nos encontramos con el caballero Trelawney, ya muy vestido y aderezado como un oficial de á bordo, con un traje de grueso paño azul, saliendo, á la sazón, á la puerta de la posada, con una expresión sonriente en todo su semblante, y con una perfecta imitación del andar contoneado de un marinero.

ya están aquí Vds. El Doctor ha llegado anoche de Londres. Lancéme afuera sin dilación todo alborozado con esta nueva oportunidad que se me presentaba de observar más atentamente y más de cerca todos aquellos buques y marineros, y tomé mi derrotero, en consecuencia, por enmedio de una verdadera masa de gentes, carromatos y bultos de mercancías, por ser aquella la hora de mayor quehacer y tráfico en los muelles, hasta que dí, al fin, con la taberna en cuestión.

Era ella, á la verdad, un sitio de solaz bastante aceptable. La enseña estaba recién pintada; las ventanas tenían flamantes cortinas rojas y los pisos aparecían cuidadosamente enarenados. El establecimiento hacía esquina, teniendo una puerta para cada calle, abierta de par en par, lo que hacía que el salón bajo tuviese bastante aire y luz, á despecho de las nubes de humo de tabaco que salían de las bocas de los parroquianos.

Eran estos, en su mayor parte, de la marinería del puerto y hablaban en voz tan alta que, al llegar, no pude menos que detenerme á la puerta, vacilante y casi atemorizado de entrar. Estaba yo en espera del patrón, cuando un hombre salió de un cuarto de al lado del salón, y á la primera ojeada tuve la seguridad de que aquel no era otro que John Silver.

Su pierna izquierda había sido amputada desde la cadera, y bajo el brazo izquierdo se apoyaba en una muleta que manejaba con la más increíble destreza, saltando sobre ella con la agilidad de un pájaro.

Era muy alto y fuerte, con una cara tan grande como un jamón, rasurada y pálida, pero inteligente y risueña. No cabía duda en que estaba, á la sazón, del mejor humor del mundo, silbando alegremente mientras pasaba por entre las mesas, y soltando, á cada paso, una broma graciosa ó dando una palmadilla familiar sobre el hombro á cada uno de sus parroquianos favoritos.

Yo había visto bien al Capitán, y á Black Dog, y al ciego Pew y creí que ya con eso me bastaba para saber lo que era ó debía ser un filibustero, es decir una criatura, según yo, bien distinta de aquel aseado, sonriente y bien humorado amo de casa.

Todo mi valor me vino inmediatamente; pasé el vestíbulo y me dirijí sin rodeos al hombre aquel, en el lugar mismo en que estaba en aquel momento, recargado en su muleta y conversando con un parroquiano. Y luego como viese la escritura del Caballero en el sobre de la carta, me pareció como que contenía mal un sobresalto involuntario.

Mucho gusto tengo de verte. Precisamente en aquel momento uno de los parroquianos que estaban en el lado más retirado, se levantó repentinamente y se precipitó fuera de la puerta que tenía muy cerca de sí, lo cual le permitió ganar la calle en un instante.

Pero su precipitación me hizo fijarme en él y le reconocí á la primera ojeada. Uno de los otros que estaban cerca de la puerta se puso en pie de un salto y se precipitó afuera en persecución del fugitivo.

yo le haré que pague su consumo, así fuera el mismo Almirante Hawke en cuerpo y alma. el Sr. Trelawney lo de los filibusteros? Pues este era uno de ellos. Mira tú, Ben, corre y ayuda á Harry á perseguir á ese. Hola, tú, Morgan, vén aquí, ¿estabas tú bebiendo con ese hombre? El interpelado que era un viejo bastante cano y con cara color de caoba, se acercó con un continente bastante marino, contoneándose á babor y á estribor.

Black Dog? Tom Morgan; dále gracias á Dios por ello, exclamó el irritado tabernero, porque si yo averiguo que te andas mezclando con canallas de esa ralea, te prometo, por quien soy, que no vuelves á poner un pie en mi casa, entiéndelo bien.

y luego dirán Vds. que tienen la cabeza sobre los hombros! tal vez ni supiste con quién estabas hablando, ¿no es verdad? ni qué es lo que decía, eh? Vamos, haz por acordarte, ¿qué es lo que charlaba, ¿viajes?

vamos, ¿qué era? Es muy posible, sí! Mientras Morgan se volvía á su asiento, Silver murmuró casi á mi oído, en un tono muy confidencial, que me pareció en extremo halagador para mí:. pues no, no conozco ese nombre, no por cierto.

Sin embargo, tengo cierta idea sí, yo creo haber visto ya antes á ese agua-dulce por aquí. Entiendo que solía venir antes en compañía de un mendigo ciego.

Yo conocí también á ese ciego. Se llamaba Pew. exclamó Silver, en extremo excitado ya, ¡Pew! ese era su nombre, á no caber duda. parecía un tiburón completo, de veras que sí! Así, si ahora cogemos á este Black Dog, ya tendremos noticias que enviar á nuestro buen Patrón el Caballero Trelawney.

Ben es un buen galgo; creo que pocos marineros tendrán piernas más ligeras que él. yo creo que debería acogotarlo y traérnoslo aquí bien agarrotado.

Todo el tiempo que gastó en disparar esa andanaba de amenazas, no cesó de recorrer el salón de un lado al otro, brincando agitadamente sobre su muleta, golpeando con la mano sobre las mesas y manifestando una excitación tal que hubiera bastado para convencer al juez más ducho y para hacer caer en el garlito al más avisado.

Pero aquel hombre era demasiado vivo, y demasiado zorro, y sobradamente astuto para mí; y así es que pronto me distraje con la vuelta de los dos sabuesos soltados en persecución de Black Dog, los cuales llegaban sin aliento confesando que habían perdido el rastro de su presa en una apretura de gentes y que se habían visto regañados como si fueran ladrones.

En aquellos momentos habría yo puesto mi cabeza fiando la inocencia de John Silver. No más, ven y díme si no es diablura; y aquí mismo, á mis propios ojos le dejamos todos que tome las de Villadiego! Yo creo, muchachito, que tú me harás justicia con el Capitán.

Tú eres un chicuelo todavía, pero vivo como un zancudo. Yo te lo conocí en cuanto que te puse el ojo encima. La cosa es esta: ¿qué puedo yo hacer con esta vieja muleta que es mi apoyo? Cuando yo comenzaba apenas mi carrera de marinero, ya habría sabido yo traerme á ese agua dulce por delante, mano sobre mano, y doblegarlo en una lucha, cuerpo á cuerpo.

Sí, entonces lo habría hecho, pero ahora, ¡rayos y truenos! En aquel punto cesó de hablar repentinamente, se quedó con la quijada inmóvil y suspensa como si se hubiera acordado de algo. Y dejándose caer en un banco, al decir esto, prorrumpió en una risotada tan sostenida que las lágrimas concluyeron por rodar sobre su rostro.

No pude impedirme el imitarle, así fué que reímos juntos, una carcajada tras de otra hasta que la taberna resonó con los ecos de nuestras risotadas. Pero ahora, ¡que le vamos á hacer! ya no es tiempo para pensar patrañas. El deber es lo primero, camarada, así es que voy á ponerme en seguida mi viejo sombrero montado y marchar sin pérdida de tiempo contigo á ver al Caballero Trelawney y á contarle lo que aquí ha pasado.

Porque, acuérdate de lo que te digo, Hawkins, esto es serio, tan serio que ni tú ni yo saldremos de ello con lo que pomposamente llamaré crédito.

Ni tú tampoco, dije Los dos estamos ahora tontos de capirote. Pero ¡voto á San Jorge, aquel sí que supo hacerla con mi cuenta! Y diciendo esto, comenzó á reir de nuevo con todas sus ganas y con tal fuerza comunicativa que, por más que yo no encontraba ni sentido, ni maldita sea la gracia á lo que acababa de decir, me ví arrastrado de nuevo á acompañarle en su estrepitosa carcajada.

En nuestra pequeña excursión á lo largo de los muelles se manifestó conmigo el más servicial é interesante compañero, explicándome cerca de cada uno de los principales buques junto á los cuales pasábamos todo lo relativo á su aparejo, capacidad, nación, obras que en ellos se ejecutaban, si el uno estaba á la carga y el otro á la descarga, si el de más allá estaba listo para zarpar y á cada paso entreverando divertidas anécdotas, de navíos y navegantes, ó repitiéndome las frases del tecnicismo de á bordo hasta que yo las aprendía perfectamente.

Entonces comencé á creer que aquel hombre era positivamente uno de los mejores marinos posibles. Cuando llegamos á la posada el Caballero y el Doctor Livesey estaban sentados juntos concluyendo alegremente de apurar una botella de cerveza con su brindis correspondiente, antes de que se pusieran en marcha para ir á hacer á La Española una visita de inspección.

John Silver les refirió lo que acababa de suceder, del pe al pa , con una verba llena de animación y conservando la más perfecta verdad en su relato. se interrumpía de vez en cuando, á cuya interpelación, por supuesto, tenía yo que contestar afirmativamente.

Los dos caballeros deploraron mucho que Black Dog se hubiese escapado, pero todos tuvimos que convenir en que nada podía hacerse, por lo cual, después de haber recibido cordiales cumplimientos, John Silver tomó su muleta de nuevo y se marchó á su taberna.

Trelawney, dijo el Doctor, por regla general yo no tengo una gran fe en los descubrimientos de Vd. Toma tu sombrero, Hawkins, y vamos á ver ese famoso buque. L A E SPAÑOLA estaba á una distancia considerable y nosotros hicimos nuestro camino entre las elaboradas y elegantes proas de unos buques y las popas de otros, cuyo cordaje y vergas, unas veces se liaban y yacían bajo nuestros pies, otras se balanceaban galanamente sobre nuestras cabezas.

Por último llegamos á nuestro barco en el cual nos recibió, en cuanto saltamos á bordo, el piloto, Sr. Arrow, un viejo marino de faz morena con arracadas en sus orejas y que, por desdicha, tenía los ojos torcidos.

El Caballero y él parecían congeniar bastante y llevarse en muy buenos términos, pero no tardé en observar que no acontecía lo mismo tratándose de las relaciones del mismo Sr. de Trelawney con el Capitán de La Española. Este último era un hombre de aspecto severo que parecía disgustado con todo, á bordo de nuestra goleta, y pronto iba á decirnos por qué, pues no bien habíamos entrado al salón principal, cuando un marinero vino tras de nosotros y dijo:.

Hágale Vd. pasar adelante. tiene que decirnos? Supongo que todo aquí marcha y está arreglado como entre buenos navegantes y verdadera gente de mar. Hé aquí mi opinión: no me gusta este viaje, no me gusta la tripulación y no me gusta mi segundo á bordo: esto es hablar claro y en plata.

el buque? Á la simple vista me parece un velero muy hermoso: más no puedo decir. Esas preguntas no conducen á nada más que á creer una mala voluntad perjudicial. Yo creo que el Capitán, ó ha dicho demasiado ó ha dicho muy poco, y me creo en el deber de requerirle para que nos explique sus palabras.

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La Piratería Nos Perjudica a Todos Estimados hermanos Dios nos ha permitido crear uno de los currículums de escuela dominical más completos y contemporáneos. Este currículum está bendiciendo a muchos de niños en nuestro país, pero el esfuerzo humano y económico para hacerlo ha sido inmenso.

El precio de este currículum está muy por debajo de lo que debería costar en el mercado para que todos los niños puedan disfrutar de él, por lo que os pedimos encarecidamente que no lo fotocopiéis. Hacerlo no tan sólo es robar a vuestros hermanos, sino que nos perjudicáis mucho económicamente y nos impedís desarrollar proyectos de este tipo para bendición de nuestro país.

Lamentablemente esta práctica se está extendiendo y nos es necesaria esta nota. Gracias por la comprensión. Me comprometo a no fotocopiarlo.

Aviso importante Informamos de que seguimos prestando servicio y podrás recibir tus pedidos a domicilio. Yo le veía alistar el puño de su cuchilla y aflojar la hoja en la vaina, sin que, durante todo el tiempo que estuvimos en espera, hubiera cesado de tragar gordo , ó como si hubiera tenido, según la expresión familiar, un nudo en la garganta.

Por último entró el Capitán, empujó la puerta tras de sí, sin ver á izquierda ni á derecha, y marchó directamente, á través del cuarto, hacia donde le esperaba su almuerzo.

Entonces mi hombre pronunció, con una voz que me pareció se esforzaba en hacer hueca y campanuda, esta sola palabra:. El Capitán giró rápidamente sobre sus talones y se encaró á nosotros.

Todo lo que había de moreno en su rostro había desaparecido en aquel momento y hasta su misma nariz ofrecía un tinte de una lividez azulada. Tenía toda la apariencia de un hombre que vé un espectro, ó al diablo mismo, ó algo peor, si es que lo hay y, créaseme bajo mi palabra, sentí compasión por él, al verle, en un solo instante, ponerse tan viejo y tan enfermo.

Tú no has olvidado á un viejo camarada, Bill, estoy seguro de ello; continuó diciendo el recién-venido. replicó el otro, comenzando á sentirse un poco más tranquilo. añadió, levantando un poco su mano mutilada. aquí me tienes Voy á tomar un vaso de rom que me traerá este buen chiquillo á quien tanto me he aficionado desde luego; en seguida nos sentaremos, si tú quieres y hablaremos lisa y llanamente como buenos camaradas que somos.

Cuando yo volví con el rom ya los dos se habían sentado en cada una de las cabeceras de la mesa en que el Capitán iba á almorzar. Black Dog habíase quedado más cerca de la puerta y se le veía sentado de lado, de modo que pudiese tener un ojo atento á su camarada antiguo, y otro, según me pareció, á su retirada libre.

Durante muy largo tiempo, por más que puse mis cinco sentidos en tratar de oir algo de lo que pasaba, nada llegó á mis oídos sino fué un rumor vago y confuso de conversación; pero al cabo las voces comenzaron á hacerse más y más perceptibles; y ya me fué posible el escuchar distintamente alguna que otra palabra, la mayor parte de ellas, juramentos é insolencias proferidos por el Capitán.

le oí proferir, nó! y concluyamos de una vez! Luego, de una manera repentina, todo se volvió una tremenda explosión de juramentos y otros ruidos temerosos. La silla y la mesa rodaron en masa, siguióse un chischás de aceros que se chocaban y luego un grito de dolor: en ese mismo instante pude ver á Black Dog en plena fuga y al Capitán persiguiéndole encarnizadamente: ambos con sus cuchillas desenvainadas y el primero de ellos, manando sangre abundantemente de su hombro izquierdo.

Aquel mandoble fué el último de la riña. El Capitán, por su parte, permaneció clavado cerca de la enseña del establecimiento como un hombre extraviado. Poco después pasó su mano varias veces sobre sus ojos, como para cerciorarse de que no soñaba, y en seguida volvió á penetrar en la casa.

y al hablarme se bamboleaba un poco y con una mano se apoyaba contra la pared. Corrí á buscárselo; pero con la excitación que los sucesos ocurridos me habían ocasionado, rompí un vaso, obstruí la llave, y cuando todavía estaba yo procurando despacharme lo mejor posible, escuché el golpe ruidoso y pesado de una persona que se desplomaba en la sala.

Acudí corriendo y me encontré con el cuerpo del Capitán tendido de largo á largo sobre el suelo. En el mismo instante, mi madre, á quien habían alarmado las voces y rumores de la pelea, descendía corriendo la escalera para venir en mi ayuda. Entre ambos levantamos la cabeza al Capitán, que respiraba fuerte y penosamente, pero cuyos ojos estaban cerrados y en cuya cara aparecía un color horrible.

grito mi madre, ¡qué desgracia sobre nuestra casa, y con tu pobre padre enfermo! Entre tanto á mí no se me ocurría la más insignificante idea sobre lo que pudiera hacerse para socorrer al Capitán, pareciéndome seguro que había sido herido de muerte en su encarnizado combate con aquel extraño.

Traje el rom para asegurarme de ello y traté de hacerlo pasar á su garganta; pero tenía los dientes terriblemente apretados los unos contra los otros y sus quijadas estaban tan duras como si hubieran sido de acero. Fué para nosotros, entonces, un grandísimo alivio el ver abrirse la puerta y aparecer en ella al Doctor Livesey que venía á hacer á mi padre su visita cuotidiana.

dijo el Doctor; ¡qué va á estarlo! ni más ni menos que ustedes ó yo. Este hombre acaba de tener un ataque como yo se lo había pronosticado.

Ahora bien, Mrs. Hawkins, corra Vd. arriba y, si es posible, no diga Vd. á nuestro enfermo ni una palabra de lo que pasa. Por mi parte, mi deber es tratar de hacer cuanto pueda por salvar la vida tres veces inútil de este hombre.

Anda pues, tú, Jim, y trae luego una palangana. Cuando volví, trayendo lo que se me pidió, el Doctor había ya descubierto el nervudo brazo del Capitán, desembarazándolo de sus mangas. Todo él aparecía pintado con esas figuras indelebles que se dibujan en el cuerpo los marineros y los presidiarios.

Un poco más arriba, cerca del hombro, se veía un esbozo de patíbulo y pendiente de él un hombre ahorcado, todo ello, según á mí me pareció, ejecutado con bastante destreza y propiedad.

dijo el Doctor, tocando este último dibujo con su dedo. Y ahora, Maese Billy Bones, si tal es su nombre, vamos á ver de qué color es su sangre. Jim, añadió, ¿tendrás tú miedo de la sangre? Una gran cantidad de sangre salió antes de que el Capitán abriera los ojos y echase en torno suyo una mirada vaga y anublada.

Reconoció luego al Doctor á quien miró con un ceño imposible de equivocar; en seguida me miró á mí y mi presencia pareció aliviarlo un tanto. Pero de repente su color cambió de nuevo; trató de enderezarse por sí solo y exclamó:.

dibujado sobre su espalda. Ha seguido Vd. bebiendo rom, y como yo se lo había anticipado ha venido un ataque. Muy contra mi voluntad me he visto obligado, por deber, á socorrerle, pudiendo decir que casi lo he sacado á Vd. de la sepultura. Y ahora Maese Bones por él en gracia de la brevedad.

Lo único que tengo, pues, que añadir es esto: un vaso de rom no le haría á Vd. ningún daño; pero si Vd. toma uno, tomará otro, y otro después, y apostaría mi peluca á que, si no se contiene pronto y á tiempo, se morirá muy en breve se morirá y se irá al mismísimo infierno, que es su propio lugar, como lo reza la Biblia.

Ahora, vamos, haga un esfuerzo. Yo le ayudaré, por esta vez, á llevarlo á su cama. Entre los dos, y no sin mucho trabajo, nos dimos trazas de llevarlo arriba, á su cuarto y acostarlo sobre su lecho, en el cual dejó caer pesadamente la cabeza sobre la almohada como si se sintiera desmayar.

rom y muerte son dos palabras que significan lo mismo. Dicho esto se alejó de allí para ir á ver á mi padre, tomándome del brazo para que me fuese con él.

Le he sacado sangre suficiente para poderlo mantener bien por bastante tiempo. Debe quedarse por una semana en cama: eso es lo menos malo para él y para Vds.

Á ESO de medio día lleguéme al cuarto del Capitán llevándole algunos refrigerantes y medicinas. Lo encontré acostado casi en la misma posición en que lo habíamos dejado, nada más que un poco más hacia arriba y me pareció al mismo tiempo débil y excitado.

Jamás he dejado de darte cada mes cuidadosamente tu moneda de cuatro peniques. Ahora, pues, chiquillo, yo me siento muy abatido, y abandonado de todo el mundo por lo mismo, Jim Yo he estado en lugares tan calientes como un caldero de bréa, con mi tripulación diezmada por la fiebre amarilla, y la condenada tierra bailando como si fuese un mar con sus terremotos—¿qué sabe el Doctor de tierras como esa?

Él ha sido para mí, bebida y alimento, cuerpo y sombra, sí señor, y si ahora no me han de dar mi rom, ya no seré más que un pobre casco viejo abandonado en una playa de sotavento mi sangre caerá sobre tí, Jim, y sobre aquel lampazo del Doctor. Y luego continuó con lo mismo, por algún tiempo acompañándolo con maldiciones; hasta que después, cambiando de táctica, prosiguió en tono plañidero:.

es que en todo este bendito día no he probado ni una gota aún, ¡ni una sola gota! Ese Doctor está loco, puedes creérmelo. Si no se me da ahora mismo un poco de rom, siento que me dará la rabia ya creo sentir en este momento algunos de sus horrores, algunas de sus visiones allí estoy viendo al viejo Flint, en ese rincón detrás de tí, tan claro como su imagen viva si me cojen estas visiones, soy hombre que ha vivido una vida bastante ruda y resucitaré á Caín!

Tu mismo Doctor dijo que un vaso no me haría ningún daño. Te daré una guinea de oro por uno sólo, Jim. Yo ví que el Capitán se ponía más y más excitado y esto me alarmó por mi padre que estaba más grave aquel día y necesitaba mucha quietud; además, tranquilizado por las palabras mismas del Doctor que se me recordaban, aunque un poco ofendido por aquel ofrecimiento de soborno le dije:.

á mi padre. Voy á traerle un vaso, pero no pida más porque sería inútil. dijo como sintiendo un grande alivio, esto ya es algo mejor, sin duda alguna. Y ahora bien, chico, ¿ha dicho ese Doctor cuanto tiempo tengo que estar acostado en este viejo camarote?

gritó él, ¡una semana! Esto es imposible. En ese tiempo podrían ellos enviarme su disco negro. En este mismo momento ya los vagabundos esos enderezan su proa y tratan de habérselas conmigo; vagabundos que no sabrían conservar lo que cogieron y que quieren arañar lo que pertenece á otro.

quiero saberlo. Pero soy un bendito. Yo jamás he derrochado un buen dinero mío, ni lo he perdido tampoco. Yo sabré pegárselas una vez más. No les tengo miedo; les soltaré otro rizo y ya los haré virar de bordo, chico, ¡ya lo verás! En tanto que hablaba así se había ido levantado de la cama, aunque con gran dificultad, agarrándose—es la palabra—agarrándose á mi hombro con una presión tan fuerte que casi me hizo llorar y moviendo sus piernas como si fuesen un peso muerto.

Sus palabras que, como se ve, estaban rebosando un pensamiento activo y lleno de vida contrastaban tristemente con la debilidad de la voz en que eran pronunciadas. Cuando se hubo sentado en el borde de la cama se detuvo un poco y luego murmuró:.

los oídos me zumban acuéstame otra vez. Antes de que hubiera hecho gran cosa para complacerlo, él había caído ya de espaldas, en su posición anterior, en la cual permaneció silencioso por algún rato.

exclamó él. Black Dog es un perverso, pero hay alguien peor que lo obliga á serlo. Ahora bien, si no me es posible marcharme de aquí, de ninguna manera, y si me envían el disco negro, acuérdate que lo que ellos buscan es mi viejo cofre de á bordo Montas en un caballo..

montas en un caballo y vas á ver pues, sí no tiene remedio á ese eterno Doctor del diablo, y le dirás que se dé prisa á reunir á todas sus gentes magistrados y cosas por el estilo lo mismo que á todo lo que haya quedado de la vieja tripulación de Flint, hombres y grumetes.

Yo fuí primer piloto, sí, primer piloto del viejo Capitán Flint, y soy el único que conoce el sitio verdadero. Él me lo descubrió en Savannah, cuando estaba, como yo he estado hoy, próximo á la muerte.

Pero tú no los denunciarás á menos que logren hacerme llegar su disco negro, ó en caso de que vuelvas á ver á ese Black Dog otra vez, ó á un marinero con una pierna sola á este sobre todos, Jim! Yo te lo explicaré si ellos logran lo que quieren. Entretanto, Jim, ten siempre tu ojo alerta y por mi honor te juro que tú serás mi socio á partes iguales.

Divagó todavía un poco más, y su voz era á cada instante más y más débil. Le dí, en seguida, su medicina, que él apuró como un niño, sin hacer la más ligera observación y añadió luego:. Después de decir esto cayó en un sueño profundo, muy parecido al desfallecimiento, y en ese estado lo dejé.

No sé. Probablemente debí haber contado todo al Doctor, porque el hecho es que yo me encontraba en una angustia mortal temiendo que, cuando menos, se arrepintiera el Capitán de sus confidencias y quisiera dar buena cuenta de mí.

Pero lo que sucedió fué que mi pobre padre murió casi repentinamente aquella noche, lo que me obligó á hacer cualquiera otra cosa á un lado.

Nuestra pesadumbre natural, las visitas de los vecinos, los arreglos del funeral y todo el quehacer de la posada que había que desempeñar en el interín, me tuvieron tan ocupado que apenas si tuve tiempo para acordarme entonces del Capitán, mucho menos para pensar en tenerle miedo.

Á la mañana siguiente, á lo que creo, bajó por sí solo á la sala, tomó sus alimentos, como de costumbre, sólo que comió poco y, según me temo, consumió todavía mayor cantidad de rom que de ordinario, porque él se despachó por su propia mano en la cantina, enfurruñado y soplando por la nariz, por lo cual ninguno se atrevía á contrariarlo.

La noche víspera del entierro, el Capitán estaba tan borracho como siempre y era, en verdad, una cosa para sublevar contra él, en aquella casa sumida en el luto y la desolación, oirle cantar su eterna y horrible cantinela marina.

Pero abatidos y tristes como estábamos, no dejaba de preocuparnos la idea del peligro de muerte en que aquel hombre estaba, tanto más cuanto que el Doctor fué violentamente llamado á muchas millas de distancia de nuestra casa para asistir á un nuevo enfermo, y ya no volvió á estar, como quien dice, al alcance de nuestra mano, después de la muerte de mi padre.

He dicho que el Capitán estaba débil, y la verdad es que no sólo lo estaba, sino que parecía decaer más y más visiblemente en vez de recuperar su salud.

Yo le veía subir y bajar la escalera con agitación; ya iba de la sala á la cantina, ya de la cantina á la sala; ya se medio asomaba á la puerta exterior de la casa como para aspirar las brisas salobres de la mar, sosteniéndose en las paredes, como para no caer, y respirando fuerte y aprisa como un hombre que encumbra la pendiente abrupta de una montaña.

No volvió á conversar conmigo de una manera especial, y yo creo buenamente que había olvidado sus confidencias, pero su carácter se había vuelto más movible y dada su debilidad de cuerpo, mucho más violento que nunca.

Tenía ahora un síntoma bien alarmante cuando estaba ebrio, y era el ponerse junto á sí, sobre la mesa, su enorme alfange ó cuchilla, desenvainada. Pero con todo esto, se preocupaba menos de los concurrentes y parecía absorto enteramente en sus propios pensamientos, sin hablar casi para nada, pero divagando un poco.

Una vez, por ejemplo, con grandísima sorpresa nuestra comenzó á dejar oir un canto diferente y nuevo para nosotros: era una especie de sonatilla amorosa, de gente del campo, que él debió haber aprendido en su primera juventud, antes de que se dedicara á la carrera de marino.

Así pasaron las cosas hasta el día siguiente del entierro de mi padre. Ese día, como á las tres de una tarde nebulosa, helada y desagradable estaba yo parado hacía unos momentos á la puerta del establecimiento, lleno de tristes y desconsoladoras ideas acerca de mi pobre padre, cuando percibí á alguien que se acercaba por el camino lentamente.

Era un hombre completamente ciego, porque tentaleaba delante de sí con un palo y llevaba puesta sobre sus ojos y nariz una gran venda verde. Aparecía jorobado como bajo el peso de años ó enfermedad terrible y vestía una vieja y andrajosa capa marina con capuchón, que le daba un aspecto positivamente deforme y horroroso.

Yo nunca he visto en mi vida una figura más horripilante y espantable que aquella. Detúvose un instante cerca de la posada y levantando la voz en un tono de canturria extraña y gangosa lanzó al viento esta relación:.

darme su mano y guiarme adentro, mi bueno y amable niño? Tendíle mi mano y en un instante aquella horrible criatura sin vista, que tan dulce hablaba, se apoderó de ella como con una garra. Asustéme tanto que pugné por desasirme, pero el ciego me atrajo poderosamente junto a sí con sola una contracción de su brazo.

El Capitán ya no es el mismo que era antes. Ahora tiene siempre junto á sí una cuchilla desenvainada. Otro caballero me interrumpió el ciego, con una voz tan áspera, tan fría, tan ingrata y tan espantable como no he vuelto á oir jamás otra en mi vida. Ella me atemorizó más todavía que el dolor que antes sentí, así es que sin vacilar le obedecí, llevándolo directamente adentro, hacia la sala, en donde nuestro viejo y enfermo filibustero permanecía sentado, entregado á su vicio de tomar rom.

El ciego se mantenía apretado á mí, sujetándome como con una tenaza férrea, en su mano formidable, y dejando cargar sobre mí, más peso de su cuerpo, del que yo podía razonablemente soportar. Con una y otra cosa fué tal el terror que me cogió por el mendigo ciego que me olvidé de todo mi antiguo miedo al Capitán y, tan luego como abrí la puerta de la sala exclamé como se me había ordenado:.

El pobre Capitán levantó los ojos y le bastó la primera ojeada para que su cabeza quedara instantáneamente libre de los humos del rom que había alojado en ella y se pusiera de todo punto natural y despejada.

La expresión de su rostro no era tanto ya de terror como de mortal y angustiosa agonía. Hizo un movimiento para ponerse en pie, pero no creo que le quedara ya fuerza suficiente en el cuerpo para realizarlo. Aunque yo no puedo ver, puedo oir, sin embargo, hasta el movimiento de un dedo.

No hablemos mucho; vamos al asunto; negocio es negocio. Levanta tu mano izquierda muchacho, toma su mano izquierda por la muñeca y acércala á mi mano derecha Ambos obedecimos como fascinados, al pie de la letra, y noté entonces que el ciego hacía pasar á la del Capitán algo que él traía en la mano misma con que empuñaba su bastón.

El Capitán apretó y cerró aquello en la suya nerviosa y rápidamente. dijo entonces el ciego y al pronunciar estas palabras se desasió de mí bruscamente y con increíble exactitud y destreza, salió, de por sí, fuera de la sala y se lanzó al camino real, sin que yo hubiera podido todavía moverme del sitio en que me dejó, como petrificado, cuando ya se había perdido á lo lejos el tip-tap de su caña tentaleando, á distancia, sobre la vía por donde marchaba.

Pasóse algún tiempo antes de que el Capitán y yo volviéramos á nuestros sentidos, pero al cabo, y casi en el mismo momento, solté su puño, que todavía tenía cogido; lanzó él una mirada ansiosa á lo que tenía en la palma de la mano y en seguida exclamó poniéndose violentamente en pie:.

Al decir esto y ponerse en pie, vaciló como un hombre ebrio, llevóse ambas manos á la garganta, se quedó oscilando por un momento, y luego, con un rumor siniestro y peculiar, se desplomó cuan largo era, dando su rostro en el suelo.

Yo me precipité hacia él, llamando á gritos á mi madre. Pero todo apresuramiento era vano. El Capitán había caído ya muerto, acometido por un ataque de apoplegía fulminante. Yo, que ciertamente no había tenido jamás cariño por aquel hombre, por más que en sus últimos días me inspirase una gran compasión, tan luego como lo ví muerto, rompí en un verdadero mar de lágrimas.

Aquella era la segunda muerte que yo veía y el dolor de la primera estaba todavía demasiado reciente en mi corazón. S IN perder un instante, por supuesto, hice entonces lo que quizás debí haber hecho mucho tiempo antes, que fué contar á mi madre todo lo que sabía, y desde luego ví que nos encontrábamos en una posición sobre manera difícil.

Parte del dinero de aquel hombre—si alguno tenía—se nos debía á nosotros evidentemente; pero no era muy presumible que los extraños y siniestros camaradas del Capitán, sobre todo, aquellos dos que ya me eran conocidos, consintieran en deshacerse de parte del botín que pensaban repartirse, por pagar las deudas del hombre muerto.

La orden que el Capitán me había dado, como se recordará, de que saltase al punto sobre un caballo y corriese en busca del Doctor Livesey hubiera dejado á mi madre sola y sin protección, por lo cual no había que pensar en ello. La verdad es que nos parecía imposible á ambos el permanecer mucho tiempo en la casa: los rumores más comunes é insignificantes como el carbón cayendo en las hornillas del fogón de la cocina, el tic-tac del reloj de pared y otros por el estilo, nos llenaban, en aquellas circunstancias, de terror supersticioso.

Las inmediaciones de la casa nos parecían llenar el aire con el ruido apagado de pisadas cautelosas que se acercaban, así es que, entre aquel cadáver del pobre Capitán, yaciendo sobre el piso de la sala, y el recuerdo de aquel detestable y horroroso pordiosero ciego, rondando quizás muy cerca y tal vez pronto á volver, hubo momentos en que, como dice un adagio vulgar, no me llegaba la camisa al cuerpo.

Había, pues, que tomar una resolución pronta, cualquiera que fuese, y al fin nos ocurrió irnos juntos y pedir socorro en la aldea cercana. Todo fué decir y hacer. Aun cuando estábamos con la cabeza toda trastornada, no vacilamos en correr, sin tardanza, enmedio de la tarde que declinaba y de la espesa y helada niebla que todo lo envolvía.

La aldea, aunque no se veía desde nuestra posada, no estaba, sin embargo, sino á una distancia de pocos centenares de yardas, al otro lado de la caleta vecina, y—lo que era para mí un grandísimo consuelo—en dirección opuesta de la que el mendigo ciego había hecho su aparición, y probablemente de la que también había seguido en su retirada.

No tardamos mucho tiempo en el camino, por más que algunas veces nos deteníamos repegándonos el uno al otro para prestar oído. Pero no percibimos ruido alguno anormal; nada que no fuese el vago y suave rumor de la marea y los últimos graznidos y aleteos postreros de los habitantes de la selva.

Acababa de oscurecer cuando llegamos á la aldea, y jamás olvidaré lo mucho que me animó el ver en puertas y ventanas el brillo amarillento de las luces; aunque ¡ay! como muy pronto iba á verlo, aquel era el único auxilio que podíamos esperar por aquel lado.

Porque no hubo un alma—por más vergonzoso que esto sea para los hombres aquellos—no hubo un alma que consintiera en acompañarnos de vuelta á la posada. Mientras más detallábamos nuestras cuitas, más veíamos que hombres, mujeres y niños se aferraban en quedarse al abrigo de sus propios hogares.

El nombre del Capitán Flint, por más que para mí fuese completamente extraño, era bastante conocido para algunos de aquellos campesinos y bastaba él solo para llevar á sus corazones un gran peso de terror. Por lo visto, cualquiera que fuese un simple camarada del Capitán era bastante para producir un terror mortal á aquellas gentes.

Y aun cuando después de muchas vueltas y revueltas encontramos á algunos dispuestos á montar é ir á prevenir al Doctor Livesey de lo que pasaba, para lo cual tenían que ir en otra dirección, lo cierto es que ninguno quiso venir á ayudarnos á defender la posada.

Se dice comunmente que el miedo es contagioso; pero por otro lado, la elocuencia es una gran alentadora, así es que, cuando cada uno hubo dicho su opinión, mi madre les dijo un pequeño discurso. se atreve á ayudarme, Jim y yo nos atrevemos á todo.

Ahora mismo nos volvemos por donde hemos venido y pocas gracias doy á Vds. camastrones, desentrañados, corazones de pollo. Nosotros solos abriremos esa maleta, aunque deba costarme la vida mi atrevimiento. Gracias mil á Vd. Es claro que yo dije que iría con mi madre, y claro es también que todas aquellas gentes protestaron contra nuestra temeridad; pero con todo y eso, no hubo un hombre solo que se resolviera á acompañarnos.

Todo lo más que hicieron fué darme una pistola cargada por si acaso nos atacaban y prometernos que tendrían listos caballos ensillados para el caso de que fuésemos perseguidos en nuestra vuelta, y entre tanto un muchacho corría ya en busca del Doctor para pedir auxilio armado.

Mi corazón latía violentamente cuando mi madre y yo volvíamos, solos de nuevo, en medio de aquella noche helada, para afrontar tan temible y peligrosa aventura.

La luna llena comenzaba á levantar su disco rojizo sobre las vagas siluetas de las nieblas del horizonte, lo cual nos impelía á acelerar el paso, porque era evidente que antes de mucho rato, y antes de que volviésemos de nuevo, todo estaría ya inundado con una claridad como de día, y nuestra partida quedaría expuesta, por lo mismo, á los ojos investigadores de nuestros vigilantes enemigos.

Deslizámonos cautelosamente á lo largo de los setos y vallados, sin hacer el menor ruido y no vimos ni oímos nada que fuese parte á aumentar nuestras zozobras, hasta que, al fin, con gran consuelo nuestro, la puerta de la posada se cerró tras de nosotros, que estábamos, al cabo, en ella.

Corrí instintivamente el cerrojo tan luego como entramos, y nos quedamos, por un momento, enmedio de la oscuridad, jadeando y palpitantes, solos, sin más compañía que el cadáver del Capitán. Mi madre enseguida fué al mostrador y tomó una bugía, y cogidos ambos de las manos nos introdujimos á la sala.

El muerto estaba allí, tal como lo habíamos dejado, con sus ojos abiertos y un brazo echado hacia fuera. Y ahora—añadió cuando su orden estaba ejecutada—tenemos que buscar la llave de eso , y ya veremos quien es el que lo coje.

Y al decir esto exhaló algo como un suspiro ó un sollozo. Púseme de rodillas inmediatamente. En el suelo, muy cerca de la mano del difunto me encontré en el acto un disco pequeño de papel, ennegrecido de un lado. No pude dudar de que esto fuese el disco negro á que él se había referido y levantándolo, encontré escrito, al otro lado, en letra muy buena y muy clara, esta intimación demasiado lacónica.

de plazo hasta las diez, de esta noche. Las seis! son las seis apenas tenemos tiempo, Jim, dijo mi madre. Ahora, veamos; esa llave! Busqué en cada una de sus bolsas: algunas pequeñas monedas, un dedal, un poco de hilo, agujas gruesas, un pedazo de tabaco de pipa, su navaja de mango corvo, una brújula de bolsillo, y una cajita con eslabón y yesca fué todo lo que en ellas encontré y ya comenzaba, por lo mismo, á desesperar.

Sobreponiéndome á una gran repugnancia me resolví á abrirle la camisa y allí, desde luego, suspensa de un sucio cordoncillo embreado que me dí prisa á cortar con su propia navaja, estaba la llave que tanto buscábamos.

Con esta primera victoria nos sentimos llenos de valor y de esperanza y nos apresuramos á subir á la habitación del difunto, en la que había dormido por tan largo tiempo y en la cual su cofre de á bordo había permanecido desde el día de su llegada.

Era aquella una maleta marina, común y corriente, como la de otro navegante cualquiera, solo que por fuera llevaba esta inicial B hecha con un hierro candente, y las esquinas aparecían un poco rotas y estropeadas como por un uso largo y nada cuidadoso. Un fuerte olor á tabaco y á bréa salió inmediatamente del interior, pero nada pudimos ver en el compartimiento de arriba, con excepción de un traje de muy buena tela cuidadosamente cepillado y doblado que, según dijo mi madre, jamás debió haber sido usado.

Bajo de él comenzaba la miscelánea: un cuadrante, una cajilla de hoja de lata, varios palillos de tabaco, dos pares de muy buenas y hermosas pistolas, un pedacillo de barra de plata, un antiguo reloj español y algunas otras baratijas de muy poco valor, en su mayor parte de estructura extranjera, un par de brújulas montadas en latón y cinco ó seis extrañas y curiosas conchas de los mares de las Indias Occidentales.

Con frecuencia me he maravillado después pensando para qué había venido trayendo y guardando aquellos mariscos, en el discurso de su azarosa, culpable y agitada vida. Entre tanto, nada que valiese la pena habíamos encontrado, excepto la barrilla y las baratijas de plata, que por cierto no era lo que nosotros buscábamos.

Debajo había un viejo capote de á bordo, blanqueado con las sales marinas, que mi madre levantó con impaciencia y que descubrió á nuestra vista las últimas cosas del contenido de la maleta.

Eran estas, un paquete ó liazo de papeles, envueltos cuidadosamente en tela impermeable, y una talega de cáñamo, que nos bastó menear para que su sonido nos dijese que contenía oro. Tomaré de aquí lo que se nos debe y ni un solo penique más.

Ten el saquillo de la Sra. Crossley; y diciendo esto comenzó á contar escrupulosamente el monto de lo adeudado, pasando las monedas de la talega del Capitán al saquillo que yo sostenía abierto con mis manos.

Fué aquella una operación larga y difícil porque las monedas eran de todos los países y de todos los cuños imaginables. Doblones y luises de oro, guineas y piezas de á ocho, y no sé cuantas otras más, todas mezcladas unas con otras y en montón.

Las guineas, además, eran las menos abundantes, y ellas eran las únicas con que mi madre sabía contar. Estaríamos como á la mitad de nuestra tarea, cuando súbitamente tuve que poner mi mano sobre su brazo, para imponerle silencio, porque acababa de oir enmedio de la atmósfera fría y callada, un rumor que hizo que el corazón me latiera de nuevo hasta querer salírseme por la boca: era el formidable tap-tap del bastón del ciego mendigo golpeando sobre la superficie helada del camino.

Lo oí que se acercaba más y más, en tanto que nosotros procurábamos contener hasta la respiración. Por fin golpeó con firmeza en la puerta de la posada y luego oímos distintamente que hacía jugar la perilla de fuera de la cerradura, y el cerrojo crujía con los esfuerzos que aquel miserable hacía para entrar.

Hubo, enseguida, un silencio largo y angustioso tanto afuera como adentro de la casa. Por fin el tap-tap del bastón comenzó de nuevo y, con alegría indescriptible de nuestra parte, acabó por irse extinguiendo á lo lejos lentamente hasta que, por último, cesó de oirse por completo.

todo de una vez y vámonos. Parecíame que la puerta con el cerrojo echado debió de excitar las sospechas de aquel hombre y que probablemente nos echaría encima á todo su nido de gavilanes. Por lo demás, nadie que no se haya visto en presencia de aquel terrible ciego puede explicarse cuánto me felicité de haber tenido antes la ocurrencia instintiva de correr el cerrojo cuando entramos.

Empero mi madre, azorada como estaba, no quiso consentir en tomar ni un céntimo más de lo que se nos debía; pero también se obstinó en no contentarse con menos. Todavía estaba discutiendo conmigo cuando un ligero silbido llegó hasta nosotros, lanzado, á buena distancia, sobre la loma. Aquello era bastante y más que bastante para nosotros dos.

Un instante después, ambos bajábamos á toda prisa la escalera, dejando la vela junto al baúl vacío, y no tardamos sino pocos segundos en abrir la puerta exterior y ponernos en plena retirada.

Un minuto más de dilación y hubiera sido ya demasiado tarde. La niebla se estaba desbaratando rápidamente y ya la luna brillaba con toda su claridad en la parte elevada del terreno, á uno y otro lado nuestro, y apenas se quedaba ya un ténue velo á la orilla de la hondonada y á las puertas de la taberna para favorecer con su gasa, todavía no rota, los primeros pasos de nuestra fuga.

Mucho antes de que hubiéramos podido llegar á la mitad del camino que lleva á la aldea, muy poco más allá del pie de la loma, debíamos penetrar forzosamente en el espacio claro y descubierto, alumbrado por la luna.

Y aun esto no era todo: el rumor de pasos numerosos que se acercaban en tropel llegó hasta nuestros oídos, y al mirar en dirección de ellos, pudimos notar á causa de las oscilaciones de una lucecilla y de su rápida aproximación, que uno de los que se acercaban traía consigo una linterna.

Yo siento que voy á desmayarme. Esto sí que era el fin de todo para nosotros, al menos así lo pensé yo. Nos encontrábamos, por nuestra gran fortuna en aquel instante sobre el pequeño puente; yo la sostuve lo mejor que pude, vacilante como estaba, hasta la extremidad de la ribera, en donde exhaló un suspiro y se dejó caer sobre mi hombro.

No podré decir ahora cómo encontré en mí fuerzas bastantes para hacer lo que hice en aquellas críticas circunstancias, y aun me temo que lo que ejecuté lo llevé á cabo con alguna brusquedad; el hecho es que me dí trazas para hacerla bajar conmigo el paredón de la hondanada y casi arrastréla de manera de colocarnos un tanto cuanto bajo el arco del mismo puente.

Nada más pude hacer después de esto, porque el puentecillo era demasiado bajo para permitirnos otra cosa que el acurrucarme á mí debajo de él, dejando á mi madre casi enteramente afuera; pero quedando ambos á tan corta distancia de la posada que podíamos oir claramente lo que se hablara en ella.

M I curiosidad, empero, pudo más que mis temores: comprendí que el permanecer allí donde estaba no me traía más utilidad que la de pasarme agazapado, Dios sabe cuanto tiempo, por lo cual trepé como pude, una vez más al paredón del barranco y ocultando mi cabeza entre un sotillo de retamas pude colocarme en posición de dominar desde allí toda la parte del camino que pasa frente á nuestra puerta.

Apenas había logrado acomodarme cuando los enemigos comenzaron á llegar en número de siete ú ocho, á toda carrera, golpeando con sus pies el sendero descompasadamente y trayendo al frente de ellos al hombre de la linterna, á pocos pasos á vanguardia.

Tres hombres corrían juntos, cogidos de las manos, y yo comprendí luego, aun á través de la niebla, que el que formaba el centro del trío, no era otro que mi formidable mendigo ciego. Un momento después su voz me probó que no me había equivocado.

contestaron dos ó tres de los asaltantes los cuales se precipitaron en tropel sobre la puerta de la posada, seguidos por el hombre de la linterna; pero muy luego los ví detenerse y cambiar algunas palabras en voz baja, como sorprendidos de haber encontrado abierta la misma entrada que se proponían forzar.

Pero su sorpresa fué muy pasajera: el ciego volvió á lanzar sus órdenes oyéndose su voz más fuerte y más levantada, como si se sintiera encendido por un grande anhelo y una violenta rabia al mismo tiempo.

les gritaba, no sin proferir maldiciones y juramentos por lo que á él le parecía tardanza. Cuatro ó cinco de ellos se apresuraron á obedecer, permaneciendo dos en el sendero, al lado de aquel mendigo formidable.

Hubo otra pausa no muy larga y tras ella resonó una exclamación de sorpresa, seguida por una voz que clamó desde adentro:. Hasta mi escondite llegaba el ruido de las pisadas de aquellos hombres en los peldaños de madera de nuestra escalera, por tanto, es seguro que la casa entera debía retemblar con ellas.

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por Beatriz Camino Rodríguez Jun 19, Alejandro III de Macedonia a. Creó uno de los mayores imperios de la historia y está considerado como uno de los más grandes y exitosos comandantes militares por Beatriz Camino Rodríguez Jun 10, El Congreso de Viena, celebrado en , fue una serie de conferencias diplomáticas que pretendían establecer un nuevo equilibrio de poder en Europa tras la caída de Napoleón Bonaparte.

Su Acta final se firmó nueve días antes de la derrota de Napoleón en por Beatriz Camino Rodríguez May 29, Constantino I, también conocido como Constantino el Grande 27 de febrero de - 22 de mayo de , ascendió al trono del Imperio Romano en y reinó hasta Fue el primer emperador romano que se convirtió al cristianismo y desempeñó un papel importante en la por Beatriz Camino Rodríguez May 23, Juana de Arco c.

Es conocida por su participación en el asedio de Orleans y su determinación para asegurar la coronación de Carlos VII de Francia en medio de la Guerra de los Cien Años. Al afirmar que la por Beatriz Camino Rodríguez May 16, Luis XVI 23 de agosto de - 21 de enero de fue el último rey de Francia antes de la Revolución Francesa.

Su incapacidad para gobernar con eficacia y su falta de compromiso condujeron a su ejecución y a la proclamación de la nueva república.

Primeros años por Beatriz Camino Rodríguez May 9, La Gran Exposición de las Obras de la Industria de Todas las Naciones, también conocida como la Gran Exposición o la Exposición del Palacio de Cristal, fue una exposición internacional que tuvo lugar en Londres, del 1 de mayo al 15 de octubre de Fue la primera por Beatriz Camino Rodríguez Abr 25, Napoleón III, también conocido como Luis Napoleón Bonaparte 20 de abril de - 9 de enero de fue el primer Presidente de Francia de a , y el último monarca de Francia como Emperador de a Durante su gobierno promovió la industrialización y por Beatriz Camino Rodríguez Abr 20, Las Leyes de Abril, también conocidas como Leyes de Marzo, fueron firmadas por el emperador Fernando I de Austria el 11 de abril de Se trataba de un conjunto de leyes destinadas a modernizar el Reino de Hungría y convertirlo en un estado-nación democrático por Beatriz Camino Rodríguez Abr 12, La Batalla de Maipú se libró cerca de Santiago de Chile entre rebeldes sudamericanos y realistas españoles durante la Guerra de la Independencia de Chile.

Los rebeldes liderados por José de San Martín derrotaron a las fuerzas españolas y lograron la independencia del por Beatriz Camino Rodríguez Abr 11, Carlos I 19 de noviembre de - 30 de enero de fue rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda desde el 27 de marzo de hasta su ejecución en Su falta de compromiso con el Parlamento condujo a las Guerras Civiles inglesas, a su ejecución y, finalmente, a por Beatriz Camino Rodríguez Mar 27, La Ley del Sello, también conocida como Ley de Derechos en las Colonias Americanas, fue una ley del Parlamento de Gran Bretaña que impuso un impuesto directo a las colonias británicas de América.

La ley fue muy impopular en las colonias y se convirtió en un por Beatriz Camino Rodríguez Mar 21, El 13 de marzo de , el zar Alejandro II de Rusia fue asesinado en un atentado terrorista en San Petersburgo cuando se dirigía al Palacio de Invierno.

El asesinato se considera la acción más exitosa del movimiento nihilista ruso del siglo XIX. Marco Aurelio 26 de abril de - 17 de marzo de fue un emperador romano de a Se trata del último de los Cinco Buenos Emperadores y de la Pax Romana, una época de relativa estabilidad para el Imperio.

También se le recuerda como uno de los filósofos por Beatriz Camino Rodríguez Mar 6, Constantino I, también conocido como Constantino el Grande 27 feb - 22 may , gobernó el Imperio Romano desde hasta Fue el primer emperador romano que se convirtió al cristianismo.

y desempeñó un papel esencial en la proclamación del Edicto de Milán por Beatriz Camino Rodríguez Feb 27, Tal día como hoy de , Madame Monvoisin -conocida como "La Voisin"- fue ejecutada en París por su implicación en el caso de los venenos.

Este asunto fue uno de los casos criminales más sensacionales de la Francia del siglo XVII, ya que involucró a varias adivinas y James Cook 7 de noviembre de - 14 de febrero de fue un explorador, navegante y capitán británico de la Marina Real Británica. Es conocido por sus tres viajes entre y por el océano Pacífico.

También fue el primero en lograr el primer contacto por Beatriz Camino Rodríguez Feb 13, María, reina de Escocia 8 de diciembre de - 8 de febrero de , fue reina de Escocia desde hasta su abdicación en Fue declarada culpable de conspirar para asesinar a su rival y prima Isabel I.

La pena fue su condena a muerte por decapitación. El Ara Pacis Augustae es un altar dedicado a Pax, la diosa romana de la Paz, y consagrado al emperador romano Augusto. Está considerado uno de los monumentos más importantes de la arquitectura romana. Historia del Ara Pacis El Ara Pacis fue mandado construir por el por Beatriz Camino Rodríguez Ene 30, Calígula 31 de agosto 24 de enero 41 fue el tercer emperador romano, gobernando desde el año 37 hasta el 41 d.

Fue asesinado por oficiales de la Guardia Pretoriana, senadores y cortesanos, que conspiraron para restaurar la República Romana. por Beatriz Camino Rodríguez Ene 24, El Domingo Sangriento, o Domingo Rojo, hace referencia a una serie de acontecimientos que tuvieron lugar el domingo 22 de enero de en San Petersburgo Rusia.

Ese día manifestantes desarmados, encabezados por el padre Gapon, fueron tiroteados por soldados de la por Beatriz Camino Rodríguez Ene 16, La guerra anglo-zulú, 11 de enero de La guerra anglo-zulú 11 de enero - 4 de julio de enfrentó a británicos y zulúes. El conflicto, desencadenado por diversos motivos, fue un hito del colonialismo en la región y acabó con la independencia de la nación por Beatriz Camino Rodríguez Ene 10, El rey Enrique VIII se casó con Ana de Cleves el 6 de enero de Ana, que era la cuarta esposa de Enrique, fue reina de Inglaterra hasta el 12 de julio de , cuando se anuló su matrimonio con el rey.

Preparativos de la boda El matrimonio entre Enrique por Beatriz Camino Rodríguez Ene 2, María II 30 de abril de - 28 de diciembre de fue reina de Inglaterra, Escocia e Irlanda, reinando junto a su esposo, Guillermo III de Inglaterra y II de Escocia, desde hasta su muerte a causa de la viruela en Vida temprana María nació el El Tratado de Gante fue el tratado de paz que puso fin a la guerra anglo-estadounidense de entre el Reino Unido y Estados Unidos.

Sus términos establecieron que todos los territorios conquistados debían ser devueltos y que debían ser restauradas las fronteras por Beatriz Camino Rodríguez Dic 19, Nerón, cuyo nombre completo es Nerón Claudio Augusto Germánico 15 de diciembre de 37 d. Sucedió a Claudio en el 54 y reinó hasta su muerte en el por Beatriz Camino Rodríguez Dic 13, El Tratado de Paz entre los Estados Unidos de América y el Reino de España, también conocido como Tratado de París de , puso fin a la Guerra Hispano-Estadounidense.

Antecedentes: La Guerra Hispano-Estadounidense La Guerra Hispano-Estadounidense comenzó por Beatriz Camino Rodríguez Dic 5, El Levantamiento de Noviembre , también conocido como la Guerra Polaco-Rusa, fue una rebelión armada contra el Imperio Ruso que tuvo lugar en Polonia.

El levantamiento fue organizado por una sociedad secreta de infantería armada a la que se unieron grandes por Beatriz Camino Rodríguez Nov 28, Catalina de Braganza fue reina de Inglaterra, Escocia e Irlanda durante su matrimonio con el rey Carlos II en el marco de una alianza entre Inglaterra y Portugal.

Vida temprana y matrimonio Catalina nació el 25 de noviembre de en el El nacimiento de Tiberio, 16 de noviembre del 42 a. Tiberio César Augusto 16 de noviembre del 42 a.

fue el segundo emperador romano. Hijo adoptivo de Augusto, le sucedió en el año 14 d. y reinó hasta el 37 d. Vida temprana y por Beatriz Camino Rodríguez Nov 14, El Golpe de Estado de Brumario, dirigido por Napoleón Bonaparte, derrocó al Directorio en Francia y lo sustituyó por el Consulado Francés.

Tuvo lugar los días 9 y 10 de noviembre de , que era el año Brumario VIII según el sistema del calendario por Beatriz Camino Rodríguez Nov 8, La Conspiración de la Pólvora fue un intento fallido de asesinato al rey Jacobo I de Inglaterra por parte de un grupo de católicos ingleses de provincias, dirigidos por Robert Catesby y Guy Fawkes.

La conspiración consistía en matar al rey haciendo estallar la Cámara por Beatriz Camino Rodríguez Oct 31, Gustavo V fue rey de Suecia desde el 8 de diciembre de hasta su muerte el 29 de octubre de Fue el rey más longevo de Suecia y el tercero que más tiempo gobernó el país.

Además, fue el último monarca sueco en ejercer sus prerrogativas reales y el primer rey por Beatriz Camino Rodríguez Oct 24, El 21 de octubre de , el explorador portugués Fernando de Magallanes descubrió un estrecho que separa América del Sur continental al norte y Tierra del Fuego al sur.

El estrecho, que lleva el nombre de Magallanes, es el paso natural más importante entre los por Beatriz Camino Rodríguez Oct 17, El descubrimiento de América, 12 de octubre de En este día de , el explorador italiano Cristóbal Colón "descubrió" el Nuevo Mundo al avistar tierra probablemente la isla de San Salvador desde el barco la Pinta.

Este descubrimiento marcó el inicio de la El Tratado de Viena puso fin a las hostilidades provocadas por la Tercera Guerra de Independencia italiana. Fue firmado el 3 de octubre de y ratificado el día 12 por el Reino de Italia y el Imperio Austriaco.

El acuerdo supuso la transferencia de Venecia y Friul por Beatriz Camino Rodríguez Oct 3, La batalla de Mursa fue una de las batallas más sangrientas de la historia de Roma. La batalla tuvo lugar el 28 de septiembre de , durante la Guerra Civil Romana de Condujo a la victoria del emperador Constancio II sobre las fuerzas occidentales dirigidas por Beatriz Camino Rodríguez Sep 30, Numismática.

La Toma de Roma, también conocida como la Presa di Roma, puso fin al proceso de unificación italiana, el Risorgimento. Este evento condujo a la derrota de los Estados Pontificios y la unificación de la península italiana con la excepción de San Marino bajo el rey por Beatriz Camino Rodríguez Sep 20, Felipe III , también conocido como Felipe el Piadoso, fue rey de España siendo también Felipe II de Portugal, Sicilia y Nápoles.

Durante su reinado se apoyó en su primer ministro, el duque de Lerma, lo que le costó importantes críticas. Por otro lado, pudo por Beatriz Camino Rodríguez Sep 16, María Leszczyńska fue reina consorte del rey Luis XV de Francia desde hasta su muerte en Fue la reina con más tiempo en el servicio en la historia de Francia y gobernó durante casi 43 años.

Hija del depuesto rey polaco Estanislao I, María era una devota por Jesús Vico Sep 13, Numismática. El sistema monetario sasánida Persia, el actual Irán, fue considerado durante la Antigüedad como puente entre el mundo mediterráneo y el subcontinente indio en el plano económico y cultural, así como lugar de paso obligado de la llamada Ruta de la Seda.

Fue además un por José Ramón Vicente Echagüe Ene 28, Numismática. Anda pues, tú, Jim, y trae luego una palangana. Cuando volví, trayendo lo que se me pidió, el Doctor había ya descubierto el nervudo brazo del Capitán, desembarazándolo de sus mangas.

Todo él aparecía pintado con esas figuras indelebles que se dibujan en el cuerpo los marineros y los presidiarios. Un poco más arriba, cerca del hombro, se veía un esbozo de patíbulo y pendiente de él un hombre ahorcado, todo ello, según á mí me pareció, ejecutado con bastante destreza y propiedad.

dijo el Doctor, tocando este último dibujo con su dedo. Y ahora, Maese Billy Bones, si tal es su nombre, vamos á ver de qué color es su sangre. Jim, añadió, ¿tendrás tú miedo de la sangre? Una gran cantidad de sangre salió antes de que el Capitán abriera los ojos y echase en torno suyo una mirada vaga y anublada.

Reconoció luego al Doctor á quien miró con un ceño imposible de equivocar; en seguida me miró á mí y mi presencia pareció aliviarlo un tanto. Pero de repente su color cambió de nuevo; trató de enderezarse por sí solo y exclamó:.

dibujado sobre su espalda. Ha seguido Vd. bebiendo rom, y como yo se lo había anticipado ha venido un ataque. Muy contra mi voluntad me he visto obligado, por deber, á socorrerle, pudiendo decir que casi lo he sacado á Vd.

de la sepultura. Y ahora Maese Bones por él en gracia de la brevedad. Lo único que tengo, pues, que añadir es esto: un vaso de rom no le haría á Vd. ningún daño; pero si Vd. toma uno, tomará otro, y otro después, y apostaría mi peluca á que, si no se contiene pronto y á tiempo, se morirá muy en breve se morirá y se irá al mismísimo infierno, que es su propio lugar, como lo reza la Biblia.

Ahora, vamos, haga un esfuerzo. Yo le ayudaré, por esta vez, á llevarlo á su cama. Entre los dos, y no sin mucho trabajo, nos dimos trazas de llevarlo arriba, á su cuarto y acostarlo sobre su lecho, en el cual dejó caer pesadamente la cabeza sobre la almohada como si se sintiera desmayar.

rom y muerte son dos palabras que significan lo mismo. Dicho esto se alejó de allí para ir á ver á mi padre, tomándome del brazo para que me fuese con él. Le he sacado sangre suficiente para poderlo mantener bien por bastante tiempo.

Debe quedarse por una semana en cama: eso es lo menos malo para él y para Vds. Á ESO de medio día lleguéme al cuarto del Capitán llevándole algunos refrigerantes y medicinas. Lo encontré acostado casi en la misma posición en que lo habíamos dejado, nada más que un poco más hacia arriba y me pareció al mismo tiempo débil y excitado.

Jamás he dejado de darte cada mes cuidadosamente tu moneda de cuatro peniques. Ahora, pues, chiquillo, yo me siento muy abatido, y abandonado de todo el mundo por lo mismo, Jim Yo he estado en lugares tan calientes como un caldero de bréa, con mi tripulación diezmada por la fiebre amarilla, y la condenada tierra bailando como si fuese un mar con sus terremotos—¿qué sabe el Doctor de tierras como esa?

Él ha sido para mí, bebida y alimento, cuerpo y sombra, sí señor, y si ahora no me han de dar mi rom, ya no seré más que un pobre casco viejo abandonado en una playa de sotavento mi sangre caerá sobre tí, Jim, y sobre aquel lampazo del Doctor. Y luego continuó con lo mismo, por algún tiempo acompañándolo con maldiciones; hasta que después, cambiando de táctica, prosiguió en tono plañidero:.

es que en todo este bendito día no he probado ni una gota aún, ¡ni una sola gota! Ese Doctor está loco, puedes creérmelo. Si no se me da ahora mismo un poco de rom, siento que me dará la rabia ya creo sentir en este momento algunos de sus horrores, algunas de sus visiones allí estoy viendo al viejo Flint, en ese rincón detrás de tí, tan claro como su imagen viva si me cojen estas visiones, soy hombre que ha vivido una vida bastante ruda y resucitaré á Caín!

Tu mismo Doctor dijo que un vaso no me haría ningún daño. Te daré una guinea de oro por uno sólo, Jim. Yo ví que el Capitán se ponía más y más excitado y esto me alarmó por mi padre que estaba más grave aquel día y necesitaba mucha quietud; además, tranquilizado por las palabras mismas del Doctor que se me recordaban, aunque un poco ofendido por aquel ofrecimiento de soborno le dije:.

á mi padre. Voy á traerle un vaso, pero no pida más porque sería inútil. dijo como sintiendo un grande alivio, esto ya es algo mejor, sin duda alguna.

Y ahora bien, chico, ¿ha dicho ese Doctor cuanto tiempo tengo que estar acostado en este viejo camarote? gritó él, ¡una semana! Esto es imposible. En ese tiempo podrían ellos enviarme su disco negro.

En este mismo momento ya los vagabundos esos enderezan su proa y tratan de habérselas conmigo; vagabundos que no sabrían conservar lo que cogieron y que quieren arañar lo que pertenece á otro. quiero saberlo. Pero soy un bendito. Yo jamás he derrochado un buen dinero mío, ni lo he perdido tampoco.

Yo sabré pegárselas una vez más. No les tengo miedo; les soltaré otro rizo y ya los haré virar de bordo, chico, ¡ya lo verás! En tanto que hablaba así se había ido levantado de la cama, aunque con gran dificultad, agarrándose—es la palabra—agarrándose á mi hombro con una presión tan fuerte que casi me hizo llorar y moviendo sus piernas como si fuesen un peso muerto.

Sus palabras que, como se ve, estaban rebosando un pensamiento activo y lleno de vida contrastaban tristemente con la debilidad de la voz en que eran pronunciadas. Cuando se hubo sentado en el borde de la cama se detuvo un poco y luego murmuró:.

los oídos me zumban acuéstame otra vez. Antes de que hubiera hecho gran cosa para complacerlo, él había caído ya de espaldas, en su posición anterior, en la cual permaneció silencioso por algún rato.

exclamó él. Black Dog es un perverso, pero hay alguien peor que lo obliga á serlo. Ahora bien, si no me es posible marcharme de aquí, de ninguna manera, y si me envían el disco negro, acuérdate que lo que ellos buscan es mi viejo cofre de á bordo Montas en un caballo..

montas en un caballo y vas á ver pues, sí no tiene remedio á ese eterno Doctor del diablo, y le dirás que se dé prisa á reunir á todas sus gentes magistrados y cosas por el estilo lo mismo que á todo lo que haya quedado de la vieja tripulación de Flint, hombres y grumetes.

Yo fuí primer piloto, sí, primer piloto del viejo Capitán Flint, y soy el único que conoce el sitio verdadero. Él me lo descubrió en Savannah, cuando estaba, como yo he estado hoy, próximo á la muerte. Pero tú no los denunciarás á menos que logren hacerme llegar su disco negro, ó en caso de que vuelvas á ver á ese Black Dog otra vez, ó á un marinero con una pierna sola á este sobre todos, Jim!

Yo te lo explicaré si ellos logran lo que quieren. Entretanto, Jim, ten siempre tu ojo alerta y por mi honor te juro que tú serás mi socio á partes iguales. Divagó todavía un poco más, y su voz era á cada instante más y más débil. Le dí, en seguida, su medicina, que él apuró como un niño, sin hacer la más ligera observación y añadió luego:.

Después de decir esto cayó en un sueño profundo, muy parecido al desfallecimiento, y en ese estado lo dejé.

No sé. Probablemente debí haber contado todo al Doctor, porque el hecho es que yo me encontraba en una angustia mortal temiendo que, cuando menos, se arrepintiera el Capitán de sus confidencias y quisiera dar buena cuenta de mí.

Pero lo que sucedió fué que mi pobre padre murió casi repentinamente aquella noche, lo que me obligó á hacer cualquiera otra cosa á un lado. Nuestra pesadumbre natural, las visitas de los vecinos, los arreglos del funeral y todo el quehacer de la posada que había que desempeñar en el interín, me tuvieron tan ocupado que apenas si tuve tiempo para acordarme entonces del Capitán, mucho menos para pensar en tenerle miedo.

Á la mañana siguiente, á lo que creo, bajó por sí solo á la sala, tomó sus alimentos, como de costumbre, sólo que comió poco y, según me temo, consumió todavía mayor cantidad de rom que de ordinario, porque él se despachó por su propia mano en la cantina, enfurruñado y soplando por la nariz, por lo cual ninguno se atrevía á contrariarlo.

La noche víspera del entierro, el Capitán estaba tan borracho como siempre y era, en verdad, una cosa para sublevar contra él, en aquella casa sumida en el luto y la desolación, oirle cantar su eterna y horrible cantinela marina.

Pero abatidos y tristes como estábamos, no dejaba de preocuparnos la idea del peligro de muerte en que aquel hombre estaba, tanto más cuanto que el Doctor fué violentamente llamado á muchas millas de distancia de nuestra casa para asistir á un nuevo enfermo, y ya no volvió á estar, como quien dice, al alcance de nuestra mano, después de la muerte de mi padre.

He dicho que el Capitán estaba débil, y la verdad es que no sólo lo estaba, sino que parecía decaer más y más visiblemente en vez de recuperar su salud. Yo le veía subir y bajar la escalera con agitación; ya iba de la sala á la cantina, ya de la cantina á la sala; ya se medio asomaba á la puerta exterior de la casa como para aspirar las brisas salobres de la mar, sosteniéndose en las paredes, como para no caer, y respirando fuerte y aprisa como un hombre que encumbra la pendiente abrupta de una montaña.

No volvió á conversar conmigo de una manera especial, y yo creo buenamente que había olvidado sus confidencias, pero su carácter se había vuelto más movible y dada su debilidad de cuerpo, mucho más violento que nunca.

Tenía ahora un síntoma bien alarmante cuando estaba ebrio, y era el ponerse junto á sí, sobre la mesa, su enorme alfange ó cuchilla, desenvainada.

Pero con todo esto, se preocupaba menos de los concurrentes y parecía absorto enteramente en sus propios pensamientos, sin hablar casi para nada, pero divagando un poco. Una vez, por ejemplo, con grandísima sorpresa nuestra comenzó á dejar oir un canto diferente y nuevo para nosotros: era una especie de sonatilla amorosa, de gente del campo, que él debió haber aprendido en su primera juventud, antes de que se dedicara á la carrera de marino.

Así pasaron las cosas hasta el día siguiente del entierro de mi padre. Ese día, como á las tres de una tarde nebulosa, helada y desagradable estaba yo parado hacía unos momentos á la puerta del establecimiento, lleno de tristes y desconsoladoras ideas acerca de mi pobre padre, cuando percibí á alguien que se acercaba por el camino lentamente.

Era un hombre completamente ciego, porque tentaleaba delante de sí con un palo y llevaba puesta sobre sus ojos y nariz una gran venda verde. Aparecía jorobado como bajo el peso de años ó enfermedad terrible y vestía una vieja y andrajosa capa marina con capuchón, que le daba un aspecto positivamente deforme y horroroso.

Yo nunca he visto en mi vida una figura más horripilante y espantable que aquella. Detúvose un instante cerca de la posada y levantando la voz en un tono de canturria extraña y gangosa lanzó al viento esta relación:.

darme su mano y guiarme adentro, mi bueno y amable niño? Tendíle mi mano y en un instante aquella horrible criatura sin vista, que tan dulce hablaba, se apoderó de ella como con una garra. Asustéme tanto que pugné por desasirme, pero el ciego me atrajo poderosamente junto a sí con sola una contracción de su brazo.

El Capitán ya no es el mismo que era antes. Ahora tiene siempre junto á sí una cuchilla desenvainada. Otro caballero me interrumpió el ciego, con una voz tan áspera, tan fría, tan ingrata y tan espantable como no he vuelto á oir jamás otra en mi vida.

Ella me atemorizó más todavía que el dolor que antes sentí, así es que sin vacilar le obedecí, llevándolo directamente adentro, hacia la sala, en donde nuestro viejo y enfermo filibustero permanecía sentado, entregado á su vicio de tomar rom. El ciego se mantenía apretado á mí, sujetándome como con una tenaza férrea, en su mano formidable, y dejando cargar sobre mí, más peso de su cuerpo, del que yo podía razonablemente soportar.

Con una y otra cosa fué tal el terror que me cogió por el mendigo ciego que me olvidé de todo mi antiguo miedo al Capitán y, tan luego como abrí la puerta de la sala exclamé como se me había ordenado:. El pobre Capitán levantó los ojos y le bastó la primera ojeada para que su cabeza quedara instantáneamente libre de los humos del rom que había alojado en ella y se pusiera de todo punto natural y despejada.

La expresión de su rostro no era tanto ya de terror como de mortal y angustiosa agonía. Hizo un movimiento para ponerse en pie, pero no creo que le quedara ya fuerza suficiente en el cuerpo para realizarlo. Aunque yo no puedo ver, puedo oir, sin embargo, hasta el movimiento de un dedo.

No hablemos mucho; vamos al asunto; negocio es negocio. Levanta tu mano izquierda muchacho, toma su mano izquierda por la muñeca y acércala á mi mano derecha Ambos obedecimos como fascinados, al pie de la letra, y noté entonces que el ciego hacía pasar á la del Capitán algo que él traía en la mano misma con que empuñaba su bastón.

El Capitán apretó y cerró aquello en la suya nerviosa y rápidamente. dijo entonces el ciego y al pronunciar estas palabras se desasió de mí bruscamente y con increíble exactitud y destreza, salió, de por sí, fuera de la sala y se lanzó al camino real, sin que yo hubiera podido todavía moverme del sitio en que me dejó, como petrificado, cuando ya se había perdido á lo lejos el tip-tap de su caña tentaleando, á distancia, sobre la vía por donde marchaba.

Pasóse algún tiempo antes de que el Capitán y yo volviéramos á nuestros sentidos, pero al cabo, y casi en el mismo momento, solté su puño, que todavía tenía cogido; lanzó él una mirada ansiosa á lo que tenía en la palma de la mano y en seguida exclamó poniéndose violentamente en pie:.

Al decir esto y ponerse en pie, vaciló como un hombre ebrio, llevóse ambas manos á la garganta, se quedó oscilando por un momento, y luego, con un rumor siniestro y peculiar, se desplomó cuan largo era, dando su rostro en el suelo.

Yo me precipité hacia él, llamando á gritos á mi madre. Pero todo apresuramiento era vano. El Capitán había caído ya muerto, acometido por un ataque de apoplegía fulminante. Yo, que ciertamente no había tenido jamás cariño por aquel hombre, por más que en sus últimos días me inspirase una gran compasión, tan luego como lo ví muerto, rompí en un verdadero mar de lágrimas.

Aquella era la segunda muerte que yo veía y el dolor de la primera estaba todavía demasiado reciente en mi corazón. S IN perder un instante, por supuesto, hice entonces lo que quizás debí haber hecho mucho tiempo antes, que fué contar á mi madre todo lo que sabía, y desde luego ví que nos encontrábamos en una posición sobre manera difícil.

Parte del dinero de aquel hombre—si alguno tenía—se nos debía á nosotros evidentemente; pero no era muy presumible que los extraños y siniestros camaradas del Capitán, sobre todo, aquellos dos que ya me eran conocidos, consintieran en deshacerse de parte del botín que pensaban repartirse, por pagar las deudas del hombre muerto.

La orden que el Capitán me había dado, como se recordará, de que saltase al punto sobre un caballo y corriese en busca del Doctor Livesey hubiera dejado á mi madre sola y sin protección, por lo cual no había que pensar en ello.

La verdad es que nos parecía imposible á ambos el permanecer mucho tiempo en la casa: los rumores más comunes é insignificantes como el carbón cayendo en las hornillas del fogón de la cocina, el tic-tac del reloj de pared y otros por el estilo, nos llenaban, en aquellas circunstancias, de terror supersticioso.

Las inmediaciones de la casa nos parecían llenar el aire con el ruido apagado de pisadas cautelosas que se acercaban, así es que, entre aquel cadáver del pobre Capitán, yaciendo sobre el piso de la sala, y el recuerdo de aquel detestable y horroroso pordiosero ciego, rondando quizás muy cerca y tal vez pronto á volver, hubo momentos en que, como dice un adagio vulgar, no me llegaba la camisa al cuerpo.

Había, pues, que tomar una resolución pronta, cualquiera que fuese, y al fin nos ocurrió irnos juntos y pedir socorro en la aldea cercana. Todo fué decir y hacer. Aun cuando estábamos con la cabeza toda trastornada, no vacilamos en correr, sin tardanza, enmedio de la tarde que declinaba y de la espesa y helada niebla que todo lo envolvía.

La aldea, aunque no se veía desde nuestra posada, no estaba, sin embargo, sino á una distancia de pocos centenares de yardas, al otro lado de la caleta vecina, y—lo que era para mí un grandísimo consuelo—en dirección opuesta de la que el mendigo ciego había hecho su aparición, y probablemente de la que también había seguido en su retirada.

No tardamos mucho tiempo en el camino, por más que algunas veces nos deteníamos repegándonos el uno al otro para prestar oído. Pero no percibimos ruido alguno anormal; nada que no fuese el vago y suave rumor de la marea y los últimos graznidos y aleteos postreros de los habitantes de la selva.

Acababa de oscurecer cuando llegamos á la aldea, y jamás olvidaré lo mucho que me animó el ver en puertas y ventanas el brillo amarillento de las luces; aunque ¡ay! como muy pronto iba á verlo, aquel era el único auxilio que podíamos esperar por aquel lado.

Porque no hubo un alma—por más vergonzoso que esto sea para los hombres aquellos—no hubo un alma que consintiera en acompañarnos de vuelta á la posada. Mientras más detallábamos nuestras cuitas, más veíamos que hombres, mujeres y niños se aferraban en quedarse al abrigo de sus propios hogares.

El nombre del Capitán Flint, por más que para mí fuese completamente extraño, era bastante conocido para algunos de aquellos campesinos y bastaba él solo para llevar á sus corazones un gran peso de terror. Por lo visto, cualquiera que fuese un simple camarada del Capitán era bastante para producir un terror mortal á aquellas gentes.

Y aun cuando después de muchas vueltas y revueltas encontramos á algunos dispuestos á montar é ir á prevenir al Doctor Livesey de lo que pasaba, para lo cual tenían que ir en otra dirección, lo cierto es que ninguno quiso venir á ayudarnos á defender la posada.

Se dice comunmente que el miedo es contagioso; pero por otro lado, la elocuencia es una gran alentadora, así es que, cuando cada uno hubo dicho su opinión, mi madre les dijo un pequeño discurso.

se atreve á ayudarme, Jim y yo nos atrevemos á todo. Ahora mismo nos volvemos por donde hemos venido y pocas gracias doy á Vds. camastrones, desentrañados, corazones de pollo. Nosotros solos abriremos esa maleta, aunque deba costarme la vida mi atrevimiento.

Gracias mil á Vd. Es claro que yo dije que iría con mi madre, y claro es también que todas aquellas gentes protestaron contra nuestra temeridad; pero con todo y eso, no hubo un hombre solo que se resolviera á acompañarnos.

Todo lo más que hicieron fué darme una pistola cargada por si acaso nos atacaban y prometernos que tendrían listos caballos ensillados para el caso de que fuésemos perseguidos en nuestra vuelta, y entre tanto un muchacho corría ya en busca del Doctor para pedir auxilio armado.

Mi corazón latía violentamente cuando mi madre y yo volvíamos, solos de nuevo, en medio de aquella noche helada, para afrontar tan temible y peligrosa aventura. La luna llena comenzaba á levantar su disco rojizo sobre las vagas siluetas de las nieblas del horizonte, lo cual nos impelía á acelerar el paso, porque era evidente que antes de mucho rato, y antes de que volviésemos de nuevo, todo estaría ya inundado con una claridad como de día, y nuestra partida quedaría expuesta, por lo mismo, á los ojos investigadores de nuestros vigilantes enemigos.

Deslizámonos cautelosamente á lo largo de los setos y vallados, sin hacer el menor ruido y no vimos ni oímos nada que fuese parte á aumentar nuestras zozobras, hasta que, al fin, con gran consuelo nuestro, la puerta de la posada se cerró tras de nosotros, que estábamos, al cabo, en ella.

Corrí instintivamente el cerrojo tan luego como entramos, y nos quedamos, por un momento, enmedio de la oscuridad, jadeando y palpitantes, solos, sin más compañía que el cadáver del Capitán. Mi madre enseguida fué al mostrador y tomó una bugía, y cogidos ambos de las manos nos introdujimos á la sala.

El muerto estaba allí, tal como lo habíamos dejado, con sus ojos abiertos y un brazo echado hacia fuera. Y ahora—añadió cuando su orden estaba ejecutada—tenemos que buscar la llave de eso , y ya veremos quien es el que lo coje. Y al decir esto exhaló algo como un suspiro ó un sollozo.

Púseme de rodillas inmediatamente. En el suelo, muy cerca de la mano del difunto me encontré en el acto un disco pequeño de papel, ennegrecido de un lado. No pude dudar de que esto fuese el disco negro á que él se había referido y levantándolo, encontré escrito, al otro lado, en letra muy buena y muy clara, esta intimación demasiado lacónica.

de plazo hasta las diez, de esta noche. Las seis! son las seis apenas tenemos tiempo, Jim, dijo mi madre. Ahora, veamos; esa llave! Busqué en cada una de sus bolsas: algunas pequeñas monedas, un dedal, un poco de hilo, agujas gruesas, un pedazo de tabaco de pipa, su navaja de mango corvo, una brújula de bolsillo, y una cajita con eslabón y yesca fué todo lo que en ellas encontré y ya comenzaba, por lo mismo, á desesperar.

Sobreponiéndome á una gran repugnancia me resolví á abrirle la camisa y allí, desde luego, suspensa de un sucio cordoncillo embreado que me dí prisa á cortar con su propia navaja, estaba la llave que tanto buscábamos.

Con esta primera victoria nos sentimos llenos de valor y de esperanza y nos apresuramos á subir á la habitación del difunto, en la que había dormido por tan largo tiempo y en la cual su cofre de á bordo había permanecido desde el día de su llegada.

Era aquella una maleta marina, común y corriente, como la de otro navegante cualquiera, solo que por fuera llevaba esta inicial B hecha con un hierro candente, y las esquinas aparecían un poco rotas y estropeadas como por un uso largo y nada cuidadoso.

Un fuerte olor á tabaco y á bréa salió inmediatamente del interior, pero nada pudimos ver en el compartimiento de arriba, con excepción de un traje de muy buena tela cuidadosamente cepillado y doblado que, según dijo mi madre, jamás debió haber sido usado.

Bajo de él comenzaba la miscelánea: un cuadrante, una cajilla de hoja de lata, varios palillos de tabaco, dos pares de muy buenas y hermosas pistolas, un pedacillo de barra de plata, un antiguo reloj español y algunas otras baratijas de muy poco valor, en su mayor parte de estructura extranjera, un par de brújulas montadas en latón y cinco ó seis extrañas y curiosas conchas de los mares de las Indias Occidentales.

Con frecuencia me he maravillado después pensando para qué había venido trayendo y guardando aquellos mariscos, en el discurso de su azarosa, culpable y agitada vida.

Entre tanto, nada que valiese la pena habíamos encontrado, excepto la barrilla y las baratijas de plata, que por cierto no era lo que nosotros buscábamos. Debajo había un viejo capote de á bordo, blanqueado con las sales marinas, que mi madre levantó con impaciencia y que descubrió á nuestra vista las últimas cosas del contenido de la maleta.

Eran estas, un paquete ó liazo de papeles, envueltos cuidadosamente en tela impermeable, y una talega de cáñamo, que nos bastó menear para que su sonido nos dijese que contenía oro.

Tomaré de aquí lo que se nos debe y ni un solo penique más. Ten el saquillo de la Sra. Crossley; y diciendo esto comenzó á contar escrupulosamente el monto de lo adeudado, pasando las monedas de la talega del Capitán al saquillo que yo sostenía abierto con mis manos.

Fué aquella una operación larga y difícil porque las monedas eran de todos los países y de todos los cuños imaginables. Doblones y luises de oro, guineas y piezas de á ocho, y no sé cuantas otras más, todas mezcladas unas con otras y en montón.

Las guineas, además, eran las menos abundantes, y ellas eran las únicas con que mi madre sabía contar. Estaríamos como á la mitad de nuestra tarea, cuando súbitamente tuve que poner mi mano sobre su brazo, para imponerle silencio, porque acababa de oir enmedio de la atmósfera fría y callada, un rumor que hizo que el corazón me latiera de nuevo hasta querer salírseme por la boca: era el formidable tap-tap del bastón del ciego mendigo golpeando sobre la superficie helada del camino.

Lo oí que se acercaba más y más, en tanto que nosotros procurábamos contener hasta la respiración. Por fin golpeó con firmeza en la puerta de la posada y luego oímos distintamente que hacía jugar la perilla de fuera de la cerradura, y el cerrojo crujía con los esfuerzos que aquel miserable hacía para entrar.

Hubo, enseguida, un silencio largo y angustioso tanto afuera como adentro de la casa. Por fin el tap-tap del bastón comenzó de nuevo y, con alegría indescriptible de nuestra parte, acabó por irse extinguiendo á lo lejos lentamente hasta que, por último, cesó de oirse por completo.

todo de una vez y vámonos. Parecíame que la puerta con el cerrojo echado debió de excitar las sospechas de aquel hombre y que probablemente nos echaría encima á todo su nido de gavilanes.

Por lo demás, nadie que no se haya visto en presencia de aquel terrible ciego puede explicarse cuánto me felicité de haber tenido antes la ocurrencia instintiva de correr el cerrojo cuando entramos.

Empero mi madre, azorada como estaba, no quiso consentir en tomar ni un céntimo más de lo que se nos debía; pero también se obstinó en no contentarse con menos.

Todavía estaba discutiendo conmigo cuando un ligero silbido llegó hasta nosotros, lanzado, á buena distancia, sobre la loma.

Aquello era bastante y más que bastante para nosotros dos. Un instante después, ambos bajábamos á toda prisa la escalera, dejando la vela junto al baúl vacío, y no tardamos sino pocos segundos en abrir la puerta exterior y ponernos en plena retirada.

Un minuto más de dilación y hubiera sido ya demasiado tarde. La niebla se estaba desbaratando rápidamente y ya la luna brillaba con toda su claridad en la parte elevada del terreno, á uno y otro lado nuestro, y apenas se quedaba ya un ténue velo á la orilla de la hondonada y á las puertas de la taberna para favorecer con su gasa, todavía no rota, los primeros pasos de nuestra fuga.

Mucho antes de que hubiéramos podido llegar á la mitad del camino que lleva á la aldea, muy poco más allá del pie de la loma, debíamos penetrar forzosamente en el espacio claro y descubierto, alumbrado por la luna.

Y aun esto no era todo: el rumor de pasos numerosos que se acercaban en tropel llegó hasta nuestros oídos, y al mirar en dirección de ellos, pudimos notar á causa de las oscilaciones de una lucecilla y de su rápida aproximación, que uno de los que se acercaban traía consigo una linterna.

Yo siento que voy á desmayarme. Esto sí que era el fin de todo para nosotros, al menos así lo pensé yo. Nos encontrábamos, por nuestra gran fortuna en aquel instante sobre el pequeño puente; yo la sostuve lo mejor que pude, vacilante como estaba, hasta la extremidad de la ribera, en donde exhaló un suspiro y se dejó caer sobre mi hombro.

No podré decir ahora cómo encontré en mí fuerzas bastantes para hacer lo que hice en aquellas críticas circunstancias, y aun me temo que lo que ejecuté lo llevé á cabo con alguna brusquedad; el hecho es que me dí trazas para hacerla bajar conmigo el paredón de la hondanada y casi arrastréla de manera de colocarnos un tanto cuanto bajo el arco del mismo puente.

Nada más pude hacer después de esto, porque el puentecillo era demasiado bajo para permitirnos otra cosa que el acurrucarme á mí debajo de él, dejando á mi madre casi enteramente afuera; pero quedando ambos á tan corta distancia de la posada que podíamos oir claramente lo que se hablara en ella. M I curiosidad, empero, pudo más que mis temores: comprendí que el permanecer allí donde estaba no me traía más utilidad que la de pasarme agazapado, Dios sabe cuanto tiempo, por lo cual trepé como pude, una vez más al paredón del barranco y ocultando mi cabeza entre un sotillo de retamas pude colocarme en posición de dominar desde allí toda la parte del camino que pasa frente á nuestra puerta.

Apenas había logrado acomodarme cuando los enemigos comenzaron á llegar en número de siete ú ocho, á toda carrera, golpeando con sus pies el sendero descompasadamente y trayendo al frente de ellos al hombre de la linterna, á pocos pasos á vanguardia. Tres hombres corrían juntos, cogidos de las manos, y yo comprendí luego, aun á través de la niebla, que el que formaba el centro del trío, no era otro que mi formidable mendigo ciego.

Un momento después su voz me probó que no me había equivocado. contestaron dos ó tres de los asaltantes los cuales se precipitaron en tropel sobre la puerta de la posada, seguidos por el hombre de la linterna; pero muy luego los ví detenerse y cambiar algunas palabras en voz baja, como sorprendidos de haber encontrado abierta la misma entrada que se proponían forzar.

Pero su sorpresa fué muy pasajera: el ciego volvió á lanzar sus órdenes oyéndose su voz más fuerte y más levantada, como si se sintiera encendido por un grande anhelo y una violenta rabia al mismo tiempo. les gritaba, no sin proferir maldiciones y juramentos por lo que á él le parecía tardanza.

Cuatro ó cinco de ellos se apresuraron á obedecer, permaneciendo dos en el sendero, al lado de aquel mendigo formidable. Hubo otra pausa no muy larga y tras ella resonó una exclamación de sorpresa, seguida por una voz que clamó desde adentro:. Hasta mi escondite llegaba el ruido de las pisadas de aquellos hombres en los peldaños de madera de nuestra escalera, por tanto, es seguro que la casa entera debía retemblar con ellas.

En el momento se siguieron nuevas exclamaciones de sorpresa: la ventana del cuarto del Capitán fué abierta de par en par con un empujón violento acompañado de ruido de vidrios que se rompían. Un hombre apareció en ella, iluminado por la luz plena de la luna y se dirijió al mendigo ciego que se encontraba, como he dicho, en el camino y precisamente debajo de la ventana recién abierta.

Alguien ha registrado ya la maleta, de arriba á abajo. lo que yo pregunto es si está allí el manuscrito de Flint, ¡bergante! En ese momento, otro de los de la partida, probablemente el que se había quedado en la sala registrando el cuerpo del Capitán, apareció en la puerta de la posada diciendo:.

De buena gana le hubiera sacado yo los ojos, rugió el ciego Pew. No ha mucho que estaban aquí todavía: tenían el cerrojo puesto cuando yo quise entrar. dijo de nuevo Pew, golpeando airadamente con su palo sobre el suelo. Siguióse entonces una gran batahola, un vaivén indecible adentro de la casa; ruidos de pisadas toscas resonaban de un lado y otro; rumor de muebles arrojados al suelo; puertas abiertas á puntapiés, hasta que las rocas repitieron con sus ecos aquel ruido infernal.

Vióse entonces á todos aquellos hombres salir al camino, uno tras de otro, declarando que nada les quedaba que registrar y que, de fijo, no estábamos ocultos dentro de la casa. En aquel instante el mismo silbido que tanto nos había alarmado á mi madre y á mí, cuando operábamos sobre el dinero del difunto Capitán, volvió á oirse clara y distintamente enmedio de la noche, pero en esta ocasión, dos veces repetido.

Yo había creído que ese sonido era algo como la trompeta del ciego, ordenando con ella á su tripulación el lanzarse al abordaje, pero entonces comprendí que no era sino una señal soltada sigilosamente del lado de la loma en dirección de la aldea y, según el efecto que ella produjo en nuestros filibusteros, era un aviso preventivo de algún peligro cercano.

gritóle Pew. Dirk se ha manifestado desde un principio cobarde y tonto, y Vds. Esas gentes deben estar por aquí, muy cerca, tenemos la mano sobre ellas, con seguridad. Revolver todo, registrarlo todo Estas exclamaciones parecieron producir algún efecto, pues dos de los de la banda comenzaron á registrar aquí y acullá, entre las duelas y trastos que había por allí afuera, pero con muy poca resolución, según me pareció y siempre teniendo un ojo listo para escapar al peligro que temían, mientras que los restantes estaban aún indecisos y vacilantes en el camino.

clamaba el ciego; tienen Vds. las manos puestas sobre millares de millares ¡y se están allí como idiotas, con los brazos cruzados! Todos Vds. pueden hacerse en un momento tan ricos como reyes con solo encontrar eso que muy bien saben que está por aquí, á su alcance, ¡y ninguno quiere hacer su obligación!

ninguno de Vds. se atrevió á presentarse á Bill, y tuve que resolverme á hacerlo yo Pero no perdamos tiempo; toma tú los Jorges, [3] Pew, y no estés allí chillando. Chillando era la palabra verdadera, y al oirla la muy mal contenida cólera del ciego hizo explosión, excitada ya por las objeciones precedentes, de tal suerte y tan furiosamente, que su excitación se sobrepuso á todo; así fué que, empuñando su grueso bastón, arremetió con él á sus secuaces, golpeando con rabia á derecha é izquierda, á pesar de su ceguera, y dejándose oir sus tremendos golpes sobre más de alguno de los más próximos á él.

Estos, á su vez, respondieron vomitando las más horribles injurias y amenazas sobre el perverso ciego, y se lanzaron sobre él á pretender apoderarse del garrote, retorciéndoselo en su poderoso puño. Esta riña fué para nosotros la salvación, pues todavía estaban empeñados en ella aquellos hombres, cuando un nuevo ruido se dejó oir hacia la cumbre de la loma, por el lado de la aldea, y era el galope tendido de varios caballos.

Casi en el mismo instante un pistoletazo partió del lado del vallado, percibiéndose simultáneamente la luz y el trueno del disparo. En cuanto á éste, lo habían abandonado, no sabré decir si por el pánico que de ellos se apoderó, ó en venganza de sus injurias y garrotazos.

El hecho es que él estaba allí, detrás de todos, tentaleando sobre el camino con su bastón, loca y desesperadamente, y llamando á gritos á sus camaradas fugitivos.

Finalmente tomó la peor dirección para él, rumbo á la aldea, y pasó á muy pocos pasos de mi escondite clamando frenéticamente:. no dejarán aquí á su viejo Pew, compañeros En aquel instante el ruido de los caballos llegó á la cumbre y cuatro ó cinco ginetes aparecieron sobre la loma, alumbrados claramente por la luna y se precipitaron á galope tendido hacia abajo, por el declive.

Entonces Pew comprendió su error; trató de volverse prorrumpiendo en una maldición y se dirijió hacia la zanja en la cual rodó.

Pero en un segundo ya se había puesto en pie de nueva cuenta é intentó un nuevo escape; pero descarriado ya como estaba, no hizo más que ir á colocarse precisamente bajo el más próximo de los caballos que se acercaban.

El ginete trató de salvarlo; pero fué en vano. El mendigo cayó, sin remedio, atropellado por el bruto que lo echó por tierra y estampó sobre él, despedazándolo, sus cuatro herrados y poderosos cascos.

Pew dejó oir un solo grito horrible y angustioso que se perdió en el silencio trágico de la noche. Cayó sobre un costado, se volteó luego débilmente con el rostro á tierra y no volvió á moverse nunca.

Yo me enderecé entonces y saludé cortésmente á los ginetes que ya se disponían á retroceder, horrorizados por el accidente ocurrido. Pronto me dí cuenta de quienes eran ellos.

Uno, que venía aún detrás de todos, era el muchacho que había ido de la aldea en busca del Doctor Livesey; los demás eran aduaneros ó guardas fiscales que aquél había encontrado en su camino y con los cuales se había entendido para regresar sin pérdida de tiempo.

La noticia de aquella extraña barca de vela cuadrada surta en la Caleta del Gato, había llegado hasta el Inspector Dance que, á consecuencia de ella, había resuelto hacer una excursión aquella noche en dirección de nuestras playas, circunstancia, sin la cual, es seguro que mi madre y yo habríamos perdido la vida.

En cuanto á Pew, estaba muerto y muy bien muerto. Por lo que hace á mi madre, á quien condujimos á la aldea, algunas lociones de agua fría y algunas sales que le hicimos aspirar le volvieron por completo el conocimiento y aunque no quedó enteramente exhausta de ánimo por sus terrores, sinembargo aún continuaba deplorando el resto del dinero que no quiso tomar.

En el interín, el Inspector apresuró su marcha, tanto cuanto pudo, en dirección de la Caleta del Gato; pero sus guardas tenían que desmontar y que ir marchando á tientas por las escabrosidades de la cañada, llevando del diestro á los caballos, algunas veces conteniéndolos y constantemente con el temor de una emboscada, por lo mismo no fué cosa de sorprenderse el que, cuando llegaron al lugar en que sabían que la barca estaba fondeada, ésta se hubiera hecho ya á la mar, si bien estaba aún á cortísima distancia de la playa.

Todavía la voz del Inspector pudo llegar hasta los fugitivos, uno de los cuales le gritó que se quitase de la luz de la luna porque podría ir á saludarle un poco de plomo. No acababa de apagarse el eco de esta intimación cuando silbó una bala de mosquete casi rozando el brazo de Dance y acto continuo la embarcación dobló la punta de la caleta y desapareció.

Solamente me alegro mucho de que hayamos trillado al paso á Maese Pew, que de no ser así ya hubiera recibido, á estas horas, noticias mías. El reloj, con su gran caja de madera, había sido arrojado al suelo por aquellos bárbaros en su desesperada cacería emprendida para buscarnos á mi madre y á mí, y aun cuando es cierto que nada se habían llevado á excepción del talego de dinero del Capitán y algunas monedas de plata de nuestra gaveta, pude hacerme cargo, desde la primera ojeada que dí, de que estábamos arruinados.

El Inspector Dance no podía hacer nada en aquel caos. entonces ¿qué fortuna era la que buscaban aquí? me parece muy bueno, dijo. Yo me lo llevaré si tú quieres.

me interrumpió él en muy plausible tono; tu idea es immejorable; él es todo un caballero y todo un magistrado. Y ahora que pienso en ello, yo también debo ir allá y dar cuenta, ya sea á él, ya al Caballero Trelawney, de la muerte de ese Maese Pew, que ya no tiene remedio.

Y no es que yo la deplore, nó; sino que las gentes poco benévolas podrían querer acriminar por ella á un oficial del fisco de Su Majestad, si acriminación cupiere en este caso. Ahora, pues, Hawkins, si tú quieres, puedo llevarte conmigo. Le dí cordialmente las gracias por su ofrecimiento y nos fuimos á pie otra vez á la aldea en donde estaban los caballos.

Mientras fuí á avisar á mi madre lo que iba yo á hacer ya las cabalgaduras estaban ensilladas. Dance, tú llevas allí un buen caballo, ponte á este chiquillo en ancas.

No bien hube yo montado y asídome al cinturón de Dogger, el Inspector dió la señal de partida y toda la caravana se puso en movimiento saliendo al camino, á un trote bastante vivo, y cruzando el puente que nos sirvió de escondite, rumbo á la casa del Doctor Livesey.

C AMINAMOS bastante de prisa hasta que por fin nos detuvimos á la puerta del Doctor Livesey. La casa estaba enteramente oscura en el exterior. El Inspector Dance me dijo que me apeara y llamase á la puerta y Dogger me dió uno de sus estribos para que bajara por él. La puerta se abrió casi inmediatemente y apareció la criada.

Por esta vez, como la distancia que había que recorrer era muy corta, ya no volví á montar, sino que marché teniéndome á la correa del estribo de Dogger hasta el pabellón del conserje, y de allí arriba por la larga y desnuda avenida, alumbrada á aquella hora por el resplandor de la luna, y á cuyo término se veía, de uno y otro lado, en medio de viejos jardines, la blanca silueta del grupo de edificios que forman la Universidad.

Aquí el Inspector Dance desmontó, y llevándome consigo, obtuvo el permiso de pasar al interior del establecimiento para un pequeño asunto. El criado nos condujo á un pasillo esterado á cuyo extremo nos mostró la gran biblioteca, toda forrada de inmensos estantes, coronados de bustos de sabios de todas las edades.

Allí encontramos al Caballero Trelawney y al Doctor Livesey, charlando animadamente, puro en mano, á los lados de un fuego alegre y brillante. Hasta aquella noche no había yo tenido ocasión de ver de cerca al Caballero Trelawney.

Era un hombre alto, de más de seis pies de estatura y de anchura proporcionada, con un rostro agreste, áspero y encarnado que sus largos viajes habían puesto así, como forrado por una máscara.

Sus pupilas eran muy negras y se movían con gran vivacidad, lo cual le daba la apariencia de poseer un temperamento, no diré malo, pero sí violento y altivo.

Y buenas noches, tú también, amigo Jim, ¿qué buenos vientos traen á Vds. por acá? El Inspector quedóse de pie, derecho y tieso como un veterano, y contó lo acaecido como un estudiante que recita su lección. Era de verse cómo aquellos dos caballeros se acercaban insensiblemente, y qué miradas se dirijían el uno al otro, embargándoles la sorpresa de tal modo que hasta se olvidaron por completo de fumar sus puros.

Cuando se les refirió cómo mi madre había vuelto sola conmigo á la posada, el Doctor se dió una buena palmada en el muslo y el Caballero Trelawney exclamó:.

y en su entusiasmo arrojó su excelente puro á la chimenea. Mucho antes de que lo hiciera se había ya puesto de pie, y medía á pasos agitados la habitación, en tanto que el Doctor, como si esto le ayudara á oir mejor, se había arrancado la empolvada peluca y se nos exhibía allí, haciendo una figura extrañísima, con su propio pelo negro, cortado á peine, como se dice en términos de barbería.

Dance, dijo el Caballero, es Vd. un hombre de muy noble corazón. En cuanto al hecho de haber atropellado á aquel perverso lo considero, señor mío, como un acto meritorio, tal como el pisar sobre una alimaña venenosa. Vamos, chicuelo, ¿quieres hacer el favor de tirar el cordón de esa campanilla?

Es preciso que obsequiemos al Sr. Inspector con un buen vaso de cerveza. interrogó el Doctor. El Doctor lo tomó y le dió vueltas y más vueltas, como si sus dedos danzaran con la impaciencia nerviosa de abrir aquello; pero en vez de hacerlo así, depositó el paquete tranquilamente en su bolsillo.

Dance haya tomado su cerveza, tiene, por fuerza, que salir de nuevo al servicio de Su Magestad; pero en cuanto á Jim, me propongo hacerlo que se quede esta noche á dormir en mi casa, así es que con su permiso, propondría yo que le mandáramos dar una buena tajada de pastel frío para que cene.

quiera, Livesey, dijo el Caballero, Hawkins se ha hecho acreedor á algo mucho mejor que un pastel frío. Dicho esto, me trajeron y colocaron en una mesita lateral un grande y apetitoso pastel de pichón, con el cual me despaché concienzudamente y muy á mi sabor, porque la verdad es que tenía yo tanta hambre como un halcón.

En el interín, el Sr. Dance recibía nuevos cumplidos, tomaba su cerveza y concluía, al fin, por despedirse. Cada cosa á su tiempo, como lo reza un adagio, dijo el Doctor riendo; ¿Vd.

ha oído hablar de ese Flint, á lo que creo? exclamó el Caballero, oído hablar de él! Pues si ha sido el más sanguinario filibustero que jamás ha cruzado el océano. Barba-roja era un niño de pecho junto á él.

Los españoles le tenían un miedo tan horrible que, debo decirlo con franqueza, me sentía yo orgulloso de que Flint fuese un inglés.

Yo he visto, con mis propios ojos, las gavias de su navío, á la altura de la Trinidad , y el gallinazo hijo de borrachín con quien yo me había embarcado, hizo proa atrás, refugiándose á toda prisa en Puerto-España. exclamó el Caballero Trelawney, ¡ha oído Vd. LOS PAPELES DEL CAPITÁN. está tan extraordinariamente excitado y declamador que no acierto á sacar en limpio nada de lo que deseo.

Lo que yo quiero saber es esto: suponiendo que tengo yo en mi bolsa, aquí, la llave para descubrir el punto en que Flint ha sepultado su tesoro, ¿el tal tesoro será algo que valga la pena?

Valdrá nada menos que esto: si tenemos esa clave que Vd. sospecha, yo fletaré un buque en Brístol y llevaré conmigo á Vd.

y á Hawkins, y crea que desenterraré el tal tesoro aunque deba buscar un año entero. El lío estaba cosido, así fué que el Doctor tuvo que sacar de su estuche unas tijeras y cortar las hebras que lo aseguraban.

Dos cosas aparecieron: un cuaderno y un papel sellado. En la primera página no había más que algunos rasgos de manuscrito, como los que un hombre, con una pluma en la mano, puede hacer por vía de práctica ó de entretenimiento.

No pude prescindir de que se excitara mi curiosidad pensando quién sería el que lo hubo y qué fué lo que hubo. Lo mismo podía tratarse de una buena estocada en la espalda que de otra cosa cualquiera.

Las diez ó doce páginas siguientes estaban llenas con una curiosa serie de entradas. En la extremidad de cada una de las líneas se veía una fecha, y en la otra una suma de dinero, como en los libros de cuentas comunes y corrientes; pero en vez de palabras explicativas, sólo se encontraba un número variable de cruces entre una y otra.

En la fecha marcada 12 de Junio de , por ejemplo, se veía claramente que la cantidad de setenta libras esterlinas se debía á alguno, y no se veían sino seis cruces para explicar la causa ú origen de la deuda. Esas cruces ocupan allí el lugar de los nombres de buques y aldeas que él echó á pique ó entró á saqueo.

Las sumas no son más que la parte que en cada hazaña de esas tocó á nuestro escorpión, y en donde tenía algún error ya ve Vd. colegir por esta inscripción que algún desdichado buque fué tomado al abordaje á la altura de las costas mencionadas.

Vea Vd. de lo que sirve ser uno viajero; es verdad. Y el monto aumenta á medida que él asciende en categoría. Muy poco más había en el libro, excepto determinaciones geográficas de algunos lugares anotados en las hojas en blanco hacia el fin del cuaderno, y una tabla para la reducción de monedas francesas, inglesas y españolas á un valor común.

exclamó el Doctor; no era á él á quien podían hacérsele trampas, de seguro. El papel cuyo exámen seguía, estaba sellado en diversos puntos, habiéndose usado un dedal por vía de sello, tal vez el mismo que había yo encontrado en la bolsa del Capitán. El Doctor abrió los sellos con gran cuidado y apareció entonces el mapa de una isla, con su latitud, longitud, sondas, nombres de montañas, bahías, caletas, abras, y todos los pormenores necesarios para poder llevar un buque á anclar á salvo en sus costas.

Esto era todo; pero conciso como era, y para mí incomprensible, llenó de júbilo al Caballero y al Doctor Livesey. de Trelawney, va Vd. á abandonar en el acto su desdichada y penosa profesión. Mañana salgo para Brístol. En tres semanas en dos semanas en diez días, le aseguro á Vd.

que tendremos el mejor buque, si señor, y la más escojida tripulación que puede suministrar la Inglaterra. Hawkins vendrá con nosotros como paje de á bordo.

yo sé que tú harás un famoso paje de á bordo, chico Nos llevaremos á Redruce, Joyce y Hunter. Tendremos vientos favorables, viaje rápido, y sin la menor dificultad hallaremos el sitio indicado y en él, dinero en cantidad bastante para comer, para arrastrar carrozas y para gastar como príncipes por el resto de nuestra vida.

Pero hay un hombre, uno solo á quien yo temo. replicó el Doctor. que no tiene la fuerza necesaria para refrenar su lengua.

Nosotros no somos los únicos en conocer la existencia de este documento. Esos individuos que han atacado la posada esta noche—arrojados y valientes marrulleros sin duda alguna—lo mismo que los que se habían quedado guardando la extraña barca de que nos habló Dance, todos esos, y me atreveré á afirmar que otros todavía, por angas ó por mangas, se créen con la resolución inquebrantable de apoderarse de la hucha.

Ninguno de nosotros, debe, pues, salir solo en lo de adelante hasta estar á bordo. Jim y yo andaremos juntos en el interín. llevará consigo á Joyce y á Hunter cuando salga para Brístol y del primero al último de los que aquí estamos nos debemos comprometer á no chistar palabra de lo que hemos descubierto.

siempre tiene razón: por mi parte prometo estarme mudo como una tumba. P ASÓ mucho más tiempo del que el Caballero Trelawney se imaginó al principio, antes de que estuviésemos listos para hacernos á la mar, y ninguno de nuestros planes primitivos pudo llevarse á ejecución, ni aun el de que el Doctor Livesey me tuviese siempre consigo.

El Doctor tuvo que marchar á Londres para buscar un médico que se hiciera cargo de su clientela; el Caballero se fué á Brístol en donde puso, con todo su ardor, manos á la obra en los preparativos de la expedición, y en cuanto á mí me quedé instalado en la Universidad, á cargo de Redruth el montero ó guarda-caza, casi en calidad de prisionero, pero lleno de ensueños marítimos y de las más atractivas anticipaciones imaginarias de islas extrañas y aventuras novelescas.

Me deleitaba reproduciéndome en un mapa, durante horas enteras, todos los detalles que recordaba. Algunas veces veía yo aquella isla densamente cubierta de caníbales con los cuales teníamos que batirnos; otras veces llena de bravos y salvajes animales que nos perseguían; pero la verdad es que todas las lucubraciones de mi fantasía distaron mucho de parecerse á nuestras extrañas y trágicas aventuras en aquella tierra.

á la Universidad ó si permanece todavía en Londres, envío esta por duplicado á ambos lugares. Ahora mismo está surto y listo para levar en el primer momento que se le necesite. no ha visto en su vida una goleta más esbelta ni más gallarda y velera.

Un joven cualquiera podría maniobrarla con la mayor facilidad: tiene doscientas toneladas de arquéo y su nombre es La Española. Este incomparable amigo literalmente se ha consagrado en cuerpo y alma á mis intereses y—puedo decirlo—lo mismo han hecho en Brístol todos, en cuanto que han visto la clase de puerto á que nos dirijimos: es decir á Puerto tesoro Veo que, al fin y al cabo, el Caballero ha dejado que se deslice su lengua.

murmuró el guarda-caza. Apuesto una botella de rom á que el Caballero puede muy bien hablar sin esperar el permiso del Dr. Hay aquí en Brístol ciertos hombres monstruosamente hostiles al pobre Blandy. Parece que andan por esas calles de Dios pregonando que mi honrado y excelente amigo no ha hecho más que una grosera especulación; que La Española era propiedad suya y que todo lo que hizo fué vendérmela á un precio absurdamente alto.

Todas esas no son más que calumnias evidentes, y lo cierto es que ninguno de sus autores se atreve á negar las excelentes cualidades de nuestra goleta. Los trabajadores, ó por mejor llamarlos, los aparejadores han andado verdaderamente á paso de tortuga. Pero esto no era sino obra de pocos días.

Lo que me preocupaba era la tripulación. Me encontré con que es un viejo marino que tiene una especie de taberna en Brístol conocida de todos los marineros; que ha perdido su salud en tierra y que recibiría con mucho agrado una plaza de cocinero á bordo, para volver al mar de nueva cuenta.

Díjome que aquella mañana andaba por allí con objeto de aspirar un poco las brisas salobres del océano. mismo se hubiera conmovido—y aunque no por mera conmiseración, le contraté sobre la marcha, para cocinero de nuestra goleta.

John Silver es su nombre y tiene una pierna menos, lo cual es á mis ojos una recomendación, puesto que la ha perdido en defensa de su patria, bajo las órdenes del inmortal Hawke.

El tesoro de East Harptree

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Sneak Peak: New Season of Treasure Quest Y para Tesoro Abundante Online Onlihe necesario que filtrara la historia en el trasfondo Abuhdante sus existencias, Teslro cosas que de un modo u otro Tesro que ver con ellas. No bien Ganador Premios Efectivo yo montado y asídome al cinturón Tesoro Abundante Online Abundantf, el Inspector dió Tesoro Abundante Online señal de partida y toda la caravana Onlime puso Onlime movimiento Tesoro Abundante Online al camino, Onine un Twsoro bastante vivo, y cruzando el puente que nos sirvió de escondite, rumbo á la casa del Doctor Livesey. Roberto Saviano «La revelaciómés transcendent de la narrativa europea en el darrer quart de segle». Vestibulum posuere mollis mi, sit amet rhoncus nunc rutrum feugiat. Uno de los otros que estaban cerca de la puerta se puso en pie de un salto y se precipitó afuera en persecución del fugitivo. Los celos de Teresa hacia Tomás, el terco amor de éste por ella -junto con su irrefrenable deseo de otras mujeres- el idealismo de Franz, amante de Sabina, y la necesidad de Sabina de perseguir una libertad que sólo conduce a una insoportable levedad, se convierten en una reflexión sobre los problemas filosóficos que afectan a nuestra existencia. Aceptar todas.

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